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Capítulo VII

 

La vida después de la muerte


 

 

Saber, es como caminar a plena luz; y comprender las leyes de la naturaleza es adquirir el poder de acelerar nuestra evolución, aprovechándonos de aquellas Leyes que apresuran nuestro crecimiento y evitando la acción de aquellas otras que lo retardarían.

 

El temor a la muerte está inspirado no tanto por la expectación definida de algo terrorífico, sino por un confuso sentimiento de lo incierto, por el horror a un abismo de ociosidad. … El hecho de que el hombre, después de la muerte, no se da cuenta inmediatamente de sus errores, y que, debido a su falta de capacidad para corregirlos a la luz de la verdad, frecuentemente habrá de sufrir mucho. El hombre ordinario, carente de conocimientos, está ligado en el astral por el "elemental deseo", (del cual pronto se hablará) no comprende las posibilidades de la vida después de la muerte, y pierde así muchas oportunidades de servicio y de progreso.

Si bien las leyes de la naturaleza nos están llevando siempre consigo, sepámoslo o no, sin embargo, si lo sabemos, podemos cooperar con ellas con gran ventaja de nuestra parte. Esto no podríamos hacerlo estando en las tinieblas de la ignorancia. Saber, es como caminar a plena luz; y comprender las leyes de la naturaleza es adquirir el poder de acelerar nuestra evolución, aprovechándonos de aquellas Leyes que apresuran nuestro crecimiento y evitando la acción de aquellas otras que lo retardarían.
…Con el conocimiento de la existencia allende la muerte, un hombre se da cuenta de la verdadera proporción que existe entre el fragmento físico de la vida y el resto de ella, por lo cual no pierde su tiempo en trabajar solamente para el período físico, que es como la décima o la vigésima parte de toda una vida entre dos encarnaciones. Igualmente, cuando el hombre llega a lo que se llama el mundo astral, después de la muerte, no se siente alarmado, puesto que comprende las condiciones de su ambiente y sabe cuál es la mejor manera de trabajar en ellas, y así, lo hace con valor y confianza.
Aún el hombre que hubiere escuchado las verdades teosóficas tan sólo en una conferencia, al encontrarse en el mundo del más allá de la muerte, se dará cuenta de la exactitud general de las enseñanzas, y tratara de recordar las recomendaciones que escuchó acerca de la conducta que debe seguirse, y, teniendo por lo menos un punto de contacto con lo conocido, puede evitarse mucho del malestar, turbación y temor que sienten otros que se hallan en completa ignorancia. Pero la mayor de las ventajas de tal conocimiento es que él se sienta con suficiente fortaleza para tender una mano de ayuda a otros y generar así buen karma para él.
 



…La muerte no es otra cosa que nacer en otra región; es un proceso repetido de quitarse vestiduras, pues el hombre inmortal sacude de sí, una tras otra, las envolturas externas para pasar a un estado superior de conciencia.

 

 

Hay una gran cantidad de pesar por completo innecesario, de terror y de angustia que la humanidad, como un todo, ha sufrido y sufre aún, a causa de la ignorancia y de la superstición acerca de la muerte que ella considera como un salto formidable y terrible hacia un abismo desconocido.
Por principio de cuentas, la muerte no es más que desechar el cuerpo físico, la vestidura externa del Ego o sea del hombre real, el cual continúa entonces viviendo en su cuerpo astral hasta que se agote la fuerza generada durante su vida terrestre por sus emociones y pasiones. Entonces tiene lugar una segunda muerte y al separarse el cuerpo astral del hombre, se encuentra éste en su cuerpo mental, en lo que se llama él mundo celeste. Y tiene que permanecer allí hasta que se agote la fuerza de los pensamientos inegoístas que hubiere engendrado durante sus vidas física y astral. Desechando también este tercer cuerpo, el hombre permanece por algún tiempo como un Ego, en su propio mundo, en el cuerpo causal, antes de retomar la encarnación.
Y así la muerte no es otra cosa que nacer en otra región; es un proceso repetido de quitarse vestiduras, pues el hombre inmortal sacude de sí, una tras otra, las envolturas externas para pasar a un estado superior de conciencia.
Durante el lento proceso de morir, el doble etéreo llevando consigo, a Prana y a los principios superiores, va deslizándose fuera del cuerpo denso, al cual queda conectado por un hilo magnético. AI momento solemne de la muerte, aunque este sea repentina, la vida pasada desfila rápidamente en revista ante el Ego, hecho del que han dado testimonio aquellos a quienes se ha salvado de ahogarse. El Ego revive entonces toda su vida en estos pocos segundos antes de la muerte, cuando la personalidad, unificándose con el Ego omnisciente y pasando revista a la vida entera que desfila ante él en sus más mínimos detalles, con la cadena completa de causas y efectos, se contempla ya sin el engaño del “yo personal” y comprende el propósito de la vida. Por consiguiente durante el lento proceso del morir, debería observarse en la cámara del moribundo una extrema quietud y control de sí a fin de no perturbar al Ego que está absorto en la contemplación de su vida pasada; y no debería permitirse ningún llanto ni lamentación que implique la idea de una egoísta pérdida personal.
Lentamente el hombre se retira así del cuerpo físico, envuelto en el doble etéreo color gris violeta, hasta que el hilo magnético se rompe. Entonces, se sume él, en una pacífica inconciencia mientras el doble etéreo flota sobre el cuerpo, denso.
Los actos de morir, y entregarse al sueño son similares, excepto en muy pocos detalles, según ya se explicó. En ambos casos, el hombre se desliza fuera del cuerpo físico. Cuando se entrega al sueño, deja al cuerpo etéreo con la envoltura física sobre el lecho y él se separa dentro de su cuerpo astral. Aquel se conserva con vida por las corrientes de vitalidad que fluyen a través de ambos; pero, a la hora de morir, él retira también consigo el doble etéreo, y como este no es un vehículo, el hombre, preso en el etérico, generalmente permanece inconsciente, a lo menos por unos momentos, y no puede funcionar ni en el mundo físico ni en el astral.
Después de algún tiempo, el cual varía desde unos pocos momentos hasta unas cuantas horas, días y aún semanas, (pero ordinariamente en unas treinta y seis horas), los cinco principios superiores se desenlazan del doble etéreo sacudiéndolo como antes fuera sacudido el cuerpo denso, dejándolo insensible como un cadáver etérico. Prana, habiendo perdido así su vehículo, regresa al gran repositorio de vida universal, así como el agua contenida en una vasija que se arroja al mar, se mezclará con el agua del océano si la vasija se rompe. El hombre queda ahora residiendo en su cuerpo astral, listo para la vida astral.
Las agonías de la muerte y las luchas finales generalmente son tan sólo movimientos espasmódicos del cuerpo físico, después que el Ego consciente lo ha dejado. En casi todos los casos, el instante de morir es perfectamente indoloro, aún cuando haya habido largos y tremendos sufrimientos durante la enfermedad. Y esto se demuestra por la apacible expresión que tan a menudo aparece sobre la faz después de la muerte, así como por el testimonio directo de muchos de aquellos a quienes se les ha hecho esta pregunta inmediatamente después que murieron.
 

Ahora bien, en esta ignorante oposición a la voluntad cósmica, un hombre se ayuda mucho por la posesión de su cadáver físico, como si éste fuese una especie de punto de apoyo en el plano físico. Se encuentra, naturalmente, en íntima relación con él, y sí fuese tan necio para desear hacerlo así, podría usar su cadáver como un ancla que lo retuviese firmemente adherido a los niveles inferiores hasta que la descomposición llegase a ser muy avanzada.


El cuerpo físico, ya abandonado al desenfreno de las innumerables, vidas que previamente estaban mantenidas en cohesión por Prana que actuaba a través del doble etéreo, comienza a decaer y sus partículas pasan a formar otras combinaciones a medida que sus células y moléculas se desintegran; permaneciendo el doble etéreo cerca de su contraparte física participando del mismo destino por pocas semanas o meses, precisamente por la misma razón, a saber, que la fuerza coordinadora de Prana se está retirando de él. Sin embargo, no debe suponerse que estas dos desintegraciones dependen una de otra. Los clarividentes ven en los cementerios estos espectros etéreos flotando sobre las tumbas en dónde fueron enterrados los cuerpos físicos, y presentando a veces mucha semejanza al cuerpo denso, y otras una apariencia de neblinas o luces violáceas. Es conveniente por muchas razones quemar los cadáveres y no sepultarlos, a saber:

1. Nada de lo que ordinariamente se hace al cadáver físico debe causar molestia alguna al hombre real que ya vive en el plano astral, si bien a veces lo ocasiona debido a su ignorancia e insensatez.
Lo importante para él es darse cuenta de que en esta etapa se está alejando firmemente hacia el mundo del verdadero Ego, y que su preocupación debe ser desprender sus pensamientos, lo más que le sea posible, de las cosas físicas y fijar su atención más y más en los asuntos espirituales que posteriormente lo ocuparán en los niveles Devachánicos. Haciéndolo así, facilitará en gran manera la natural desintegración astral y evitara el error común de detenerse innecesariamente en los niveles inferiores de aquel plano.
Sin embargo, muchos seres sencillamente rehúsan tornar sus pensamientos hacia lo elevado; los asuntos terrenales fueron los únicos por los cuales tuvieron algún interés vital y así se aferran a ellos con desesperada tenacidad aún después de la muerte. Por supuesto, la impetuosa fuerza de la evolución llega a ser demasiado potente para ellos y se ven arrollados por su corriente benéfica; empero, ellos luchan a cada paso, y se resisten, causándose no tan sólo molestias y sufrimientos innecesarios, sino también una seria demora en su progreso ascendente. Ahora bien, en esta ignorante oposición a la voluntad cósmica, un hombre se ayuda mucho por la posesión de su cadáver físico, como si éste fuese una especie de punto de apoyo en el plano físico. Se encuentra, naturalmente, en íntima relación con él, y sí fuese tan necio para desear hacerlo así, podría usar su cadáver como un ancla que lo retuviese firmemente adherido a los niveles inferiores hasta que la descomposición llegase a ser muy avanzada.
Y así, aunque ni el enterramiento ni el embalsamamiento de un cadáver pueda forzar en manera alguna al Ego al cual perteneció, a prolongar su estancia en el mundo astral en contra de su voluntad, cualquiera de estas causas es una positiva tentación que el tiene para detenerse, y le facilitaría el hacerlo si él ignorantemente lo deseara, Por tanto, la incineración libra al hombre de sí mismo en este asunto, pues cuando su cuerpo ha sido desintegrado de esa manera, sus naves fueron, literalmente, quemadas tras de sí ;y su poder de retroceso disminuyó grandemente.

2. Ya sea que el cuerpo denso fuere quemado, ó que se le permita agotarse lentamente en la repulsiva manera habitual, o que fuere preservado indefinidamente como una momia Egipcia, el doble etéreo prosigue su propio curso de lenta desintegración, sin ser afectado por; aquellos procedimientos; empero, la cremación es de aconsejarse desde el punto de vista sanitario, puesto que evita muchos peligros a los seres vivientes, por la rápida disociación de los remanentes físicos.

3. La cremación impide por completo cualquier intento de una reunión parcial e innatural de los principios por la galvanización del cadáver etérico, en las proximidades del cuerpo denso inmediatamente después de la muerte, o en la sepultura aún después del enterramiento

4. La cremación impide enteramente cualquier esfuerzo de hacer un mal uso del cadáver con el propósito de los horripilantes ritos de la Magia Negra, cosa que tan seriamente afecta la condición del hombre en el plano astral.
 


Cuando se abandona el cuerpo físico a la hora de morir, comienza a desarreglarse todo el orden de las envolturas de la personalidad, y el cuerpo astral principia a desintegrarse, de esto se da cuenta instintivamente el elemental deseo, la vaga conciencia corporal del cuerpo astral y se atemoriza en el acto. Teme perder aquella habitación que lo capacita a mantenerse separado del resto, dándole así una oportunidad inusitada para el progreso, y teme que la desaparición final del cuerpo astral ponga término a su propia vida (elemental) como entidad separada; por lo cual inmediatamente se pone en obra para protegerse por medio de un método muy ingenioso

 

Cuando se abandona el cuerpo físico a la hora de morir, comienza a desarreglarse todo el orden de las envolturas de la personalidad, y el cuerpo astral principia a desintegrarse, de esto se da cuenta instintivamente el elemental deseo, la vaga conciencia corporal del cuerpo astral y se atemoriza en el acto. Teme perder aquella habitación que lo capacita a mantenerse separado del resto, dándole así una oportunidad inusitada para el progreso, y teme que la desaparición final del cuerpo astral ponga término a su propia vida (elemental) como entidad separada; por lo cual inmediatamente se pone en obra para protegerse por medio de un método muy ingenioso. La materia del cuerpo astral es mucho más fluídica que la del físico, y el elemental, aferrándose a sus partículas, las ajusta otra vez de tal suerte que este nuevo arreglo del cuerpo astral pueda resistir a toda usurpación, fricción o desintegración, tanto cuanto lo permita su constitución, reteniendo, por consiguiente, su forma lo más que le es posible. Durante la vida terrenal, las distintas clases de materia astral se entremezclan para la formación del cuerpo de deseos o cuerpo astral, pero el reajuste consiste en la separación de sus materiales, de acuerdo con su densidad, en una serie de siete cascarones concéntricos, el más fino en el centro y el más denso en la periferia, constituido cada cascarón por la materia de cada subplano.

El cuerpo físico adquiere información del exterior por medio de ciertos órganos que se han especializado como instrumentos de sus sentidos. Pero el cuerpo astral no tiene órganos separados y lo que en el cuerpo astral corresponde a la vista es el poder que tienen sus moléculas para responder a impactos del exterior que les llegan de moléculas similares, de tal manera que un hombre podrá percibir un objeto astral, de materia de una subdivisión particular, solamente que existan en la superficie de su cuerpo astral, partículas que pertenezcan a tal subdivisión. Durante la vida física se mezclan en su cuerpo todas las siete clases de materia astral y están en movimiento continuo como las partículas de agua hirviente. En cualquier momento dado se hallan representadas, en la superficie de su cuerpo astral, partículas de todas las variedades, y por consiguiente cuando él se halla funcionando en aquel cuerpo, durante el sueño, puede ver cualquier objeto astral de la materia de cualquier subdivisión; pero debido al reajuste de la materia de su cuerpo astral en estratos concéntricos, que ignorantemente, permitió él a su elemental astral fabricar después de la muerte, se halla confinado a un subplano en un solo tiempo, es decir, su conciencia recibe impresiones tan sólo mediante un tipo de materia, y así obtiene una vista extremadamente parcial del mundo en el cual se encuentra.
Teniendo en la superficie de su cuerpo astral solamente las partículas más ínfimas y groseras, únicamente puede percibir impresiones de las correspondientes partículas externas. Pero, siendo las vibraciones de tal materia densa, expresiones tan sólo de sentimientos y emociones indeseables, y de la menos refinada clase de entidades astrales, él solamente puede darse cuenta de aquella inferior variedad de materia astral que corresponde a la sólida aquí abajo, y ver solamente los habitantes indeseables del mundo astral, y sentir solamente sus más desagradables y vulgares influencias. Los demás hombres que le rodean y que son de un carácter común y corriente, le parecerán monstruos de vicio, ya que tan sólo puede ver y sentir únicamente, lo más bajo y vil de ellos. Aún sus amigos, los que murieron pocos años antes y han transferido ya su conciencia a los niveles superiores le parecen peores de lo que él esperaba, porque ahora es incapaz de apreciar cualquiera de sus buenas cualidades. Bajo tales circunstancias, no es de extrañar que él considere al mundo astral como un infierno; sin embargo, de ninguna manera es de atribuir la culpa al mundo astral sino a él mismo, —primeramente por haber consentido dentro de sí tanta cantidad de aquel más rudo tipo de materia astral; y segundo, por permitir que lo domine aquélla vaga conciencia astral y que reajuste su materia astral a su manera particular.
Con el transcurso del tiempo, pasará a los subplanos superiores, uno tras otro, a medida que se desgaste cada una de las cubiertas concéntricas; pero la vida astral del hombre se prolonga así indebidamente, retardando el progreso del alma.
Durante su vida pudo él rehusar, la satisfacción a sus bajos deseos, reemplazar todas las partículas burdas por otras más finas y elevadas, cambiando así la materia astral dentro de sí, construyéndose un elemental astral de tipo superior.
Además, como el hombre ordinario no tiene conocimiento de estas cosas, acepta pasivamente el reajuste después de la muerte, especialmente a causa de que el elemental deseo le trasmite su propio temor de un indescriptible peligro de destrucción; pero el hombre debería sencillamente resistir aquella irrazonable sensación de temor por medio de una serena aserción de conocimiento, y, oponiéndose al reajuste que lo retendría en un solo subplano, debería insistir en mantener abiertas también sus comunicaciones con los niveles astrales superiores. Y así podrá escapar de la esclavitud del elemental deseo quebrantando lenta pero firmemente su resistencia; y encontrándose entonces prácticamente en igual posición a aquella en la que estaba acostumbrado a funcionar durante su vida terrestre, podrá capacitarse para actuar libremente y para retener su poder de mirar todo lo del mundo astral como lo hacía antes, y no solamente la parte más baja y repugnante del mismo. Y entonces podrá también ayudar a sus amigos enseñándoles la manera de liberarse a sí mismos. El hábito de volver los pensamientos hacia lo interno en la meditación, y la práctica de dirigir las emociones por la voluntad y el intelecto, previenen asimismo este "enconchamiento" que no es frecuente entre los seres que han sabido controlarse.
Al encontrarse un hombre libre ya de su doble etéreo, no es seguro que llegue desde luego a ser consciente del mundo astral, especialmente si murió súbitamente. Porque el retiene consigo una buena cantidad de la clase inferior de materia astral, y de día puede fabricarse un cascarón a su derredor. Con todo si oportunamente hubiere aprendido a mantener a raya los deseos sensuales de varias clases, su conciencia ya no estará acostumbrada a funcionar mediante tal materia. En el cuerpo astral reajustado, tal materia se congregará al exterior y por consiguiente será el único canal abierto a las impresiones externas. No estando acostumbrado a recibir éste género de vibraciones, el hombre no puede desarrollar ahora, de pronto, el poder de funcionar conscientemente mediante y permanecerá, por tanto, inconsciente de todo lo desagradable de aquel ínfimo subplano, hasta que aquella burda materia se desgaste gradualmente y salga a la superficie alguna "porción de materia de la que" estuviera "él acostumbrado a usar. Tal oclusión, sin embargo, es raras veces completa, pues aun en el cascarón más bien hecho, algunas partículas de la materia más fina encuentran el modo de surgir a la superficie y trasmiten al ser fugaces destellos de su ambiente circundante.
Normalmente, un muerto es inconsciente hasta que le desembaraza del doble etéreo y así, cuando despierta a una nueva vida, tal vida es la del mundo astral.
Pero algunas personas, debido a la ignorancia, se aferran tan desesperadamente a la existencia física, que difícilmente soltarán su asimiento del doble etéreo después de la muerte. Sienten que, por lo menos, es aquel una especie de lazo' con el único mundo que conocen. Lograrán retener así este contacto por algún tiempo, pero a costa de gran contrariedad para ellos mismos. Como el doble etéreo es tan sólo parte del vehículo físico y no un vehículo en sí, —un cuerpo en el cual se vive y se funciona—, tales seres no pueden adquirir un contacto pleno con el mundo de la vida terrestre ordinaria por falta de órganos físicos sensoriales, en tanto que tampoco son conscientes del mundo astral a causa de la costra de materia etérea que los rodea. Y así se hallan aislados de ambos mundos y se encuentran rodeados de una densa niebla gris a través de la cual ven muy confusamente las cosas del mundo desprovistas de color o matiz. Luchando terriblemente por mantener su posición, vagan a la deriva en esta condición de soledad y desdicha hasta que, de tanto cansancio, llegan a soltar su presa y pasan a la relativa felicidad de la vida astral. A veces, en su desesperación, se aterran ciegamente a otros cuerpos, —a un cuerpo infantil y aún al cuerpo de un animal—, y tratan de entrar en ellos, y en ocasiones tienen éxito en tales atentados, si bien a costa de ulterior sufrimiento para ellos mismos en un próximo futuro. Todas estas desgracias y trastornos, que enteramente surgen de. la ignorancia, jamás pueden acaecer a uno que entienda algo de las condiciones y leyes de la vida postmortem.
Un hombre ordinario, al despertar en el plano astral después de la muerte, notará muy poca diferencia con aquello que le ha sido familiar en el mundo físico. El mundo astral se extiende a un poco menos de la distancia medía de la órbita de la luna, y los tipos de materia de las diferentes subdivisiones se interpenetran con perfecta libertad, siendo la tendencia general que la materia más densa se coloque hacia el centro, por lo cual si bien las varias subdivisiones no quedan una sobre otra como las cubiertas de una cebolla, el arreglo de la materia de aquellas subdivisiones participa algo de tal carácter.
El hombre que no ha permitido el reajuste de su cuerpo astral tiene libertad de tránsito por todo el mundo astral, y puede flotar en cualquier dirección a su voluntad, si bien generalmente permanece en la proximidad de aquello a lo cual se acostumbró, es decir en donde están sus intereses.
Además, la materia astral interpenetra a la materia física como si ésta última no existiera; con todo, cada subdivisión de la materia física tiene una fuerte atracción por la materia astral de la subdivisión correspondiente. De aquí que cada cuerpo físico tenga su contraparte astral y que el muerto pueda, por consiguiente, percibir su casa, su cuarto, sus muebles, sus parientes y amigos. Los vivientes piensan del amigo muerto como si lo hubiesen perdido, pero aquel amigo, si bien incapacitado para ver los cuerpos físicos de los vivientes, ve sus cuerpos astrales, es decir, las contrapartes astrales correspondientes exactamente a los delineamientos tic los cuerpos físicos, y así se da cuenta de la presencia de sus amigos, aunque no puede impresionarlos de ninguna manera cuando éstos se hallan despiertos, con su conciencia en el mundo físico, ni comunicarse con ellos leer sus pensamientos más elevados. También puede mirar sus emociones por el cambio de color en sus cuerpos astrales. Los amigos, igualmente, cuando están dormidos, son conscientes en el mundo astral y pueden comunicarse con sus muertos tan libremente como durante la vida física, si bien generalmente olvidan todo una vez despiertos.
La muerte no cambia a un hombre en manera alguna; éste sigue siendo el mismo en todo respecto, excepto en haber perdido su cuerpo físico. Sus pensamientos, deseos y emociones, son exactamente las mismas, y su felicidad o desgracia dependen del grado en que lo hubiere afectado la pérdida de su cuerpo físico. A menudo no cree él que está muerto, ya que mira sus antiguos objetos familiares y sus amigos alrededor de sí, pero empieza a darse cuenta de la realidad en cuanto ve que no siempre puede comunicarse con ellos. Les habla poco después de su muerte y parece como que ellos no lo oyen, trata de tocarlos, pero con sorpresa ve que no hace ninguna impresión en ellos. Durante algún tiempo trata de persuadirse de que está soñando, pero gradualmente descubre que, después de todo, ya murió. Entonces, por regla general, empiezan los muertos a sentirse decepcionados de las enseñanzas que recibieron. Pero prontamente se encuentra el desencarnado con un protector astral o con algún otro muerto ya bien instruido y aprenderá por él que no hay causa alguna de temor y que hay una vida razonable que puede vivirse en este mundo nuevo lo mismo que en el que abandonó.
Todavía persisten sus deseos, y las formas que lo rodean serán en gran parte la expresión de tales deseo, pero la felicidades o contrariedades de su nueva vida dependerán principalmente de la naturaleza de aquellos deseos.
En su mayoría la gente se construye allí sus propios ambientes. El mundo astral se halla dividido en siete subdivisiones que se agrupan, en tres clases. Y contando desde la más elevada, las subdivisiones, 1, 2 y 3 forman una clase; las cuarta, quinta y sexta, otra clase; y la séptima sola la tercera clase. Como; ya se explicó antes, aunque estas subdivisiones se interpenetran libremente, la materia de las subdivisiones superiores se encuentra en su totalidad a una mayor elevación sobre la superficie de la tierra, que la masa de materia de las subdivisiones inferiores; por lo cual, si bien cualquier persona puede moverse en cualquier parte de aquel plano, su tendencia natural es flotar en el nivel que corresponde a la gravedad específica de la materia mas pesada de su cuerpo astral.
El subplano inferior, o séptimo, el arrabal astral con su atmosfera lóbrega y deprimente, bajo la superficie de la tierra, es el más horrible y repulsivo y está poblado por la escoria de la humanidad, asesinos, rufianes, borrachos, libertinos, etc., 'flotando en la oscuridad y separados de los demás muertos, si bien son allí conscientes solamente los culpables de crímenes brutales, o de crueldad deliberada, o los poseídos por bajos apetitos. También se encuentran allí conscientes de un tipo generalmente mejor, por ejemplo, los suicidas que cometieron el asesinato de su cuerpo a fin de escapar al castigo merecido por su crimen.
Las subdivisiones cuarta, quinta y sexta pueden considerarse como el doble astral del plano físico. La gran mayoría de seres hacen cierta estancia en la sexta subdivisión, la cual es simplemente como la vida física menos el cuerpo físico y sus necesidades; en tanto que la quinta y la cuarta son meramente copias eterealizadas de la sexta, siendo allí la vida menos material.
Los niveles primero, segundo y tercero, si bien ocupan el mismo espacio, dan la idea de estar mucho más alejados del físico, puesto que los seres que allí habitan han perdido de vista la tierra y sus pertenencias, y se encuentran profundamente absortos en sí mismos. La tercera región es la "tierra estival o de promisión" de los espiritistas, en la cual los muertos, por el poder de sus pensamientos, dan forma a escuelas, iglesias y templos, casas y ciudades; o a bellos paisajes, como deleitosos jardines, encantadores lagos y magnificas montañas. Estas meramente son creaciones colectivas de pensamiento, pero la gente vive allí muy contenta por muchos años.
La segunda sección es el cielo material del ortodoxo ignorante;
la residencia del religioso egoísta o falto de espiritualidad, que lleva en él su "corona de gloria" y adora la representación groseramente material, hechura suya, de la deidad particular de su tiempo y país. Es el delicioso "campo de caza" del piel roja: el "Valhalla" de los nórdicos; el "Paraíso lleno de huríes", del Mahometano; la "Nueva Jerusalén” de las puertas de oro", del Cristiano; el cielo lleno de liceos y edificios, del reformador materialista.
La región primera o superior, se halla ocupada por hombres y mujeres intelectuales, decididamente materialistas, o ansiosos de alcanzar, por los modos físicos de estudio, un conocimiento basado en egoísta ambición o en el placer de un ejercicio intelectual. Allí se encuentran muchos políticos, estadistas y hombres de ciencia.


Habitantes del plano astral
 
Humanas Humanas No humanas Artificiales
Vivas físicamente Muertas físicamente    
       
1. Personas corrientes 1. Personas corrientes 1. Esencia elemental 1. Elementales formados inconcientemente
2. Psíquicos 2. Sombras 2 Cuerpos 2. Elementales formados concientemente
3. Adepto o su pupilo 3. Cascarón 3. Espíritu de la naturaleza 3. Artificiales humanos
4. Mago negro o su pupilo 4. Cascarones vitalizados 4. Devas  
  5. Suicidas y muerte repentina    
  6. Vampiros y lobos astrales    
  7  Magos negros o sus pupilos    
  8. Pupilos esperando reencarnación    
  9. Nirmanakayas    


La vida astral es el resultado de todos aquellos sentimientos que tienen en sí el elemento del "Yo". Si hubieren sido marcadamente egoístas, aportarán a su dueño condiciones de gran contrariedad en el mundo astral; si hubieren sido buenos y benévolos, aunque teñidos por pensamientos del "yo", le aportarán una vida astral relativamente agradable, pero aún limitada. En cambio, aquéllos pensamientos y sentimientos que hayan sido enteramente altruistas, producen su resultado en la vida del mundo mental; por consiguiente, tal vida en el mundo mental no puede producir más que bienaventuranza.
Las condiciones de la vida postmortem son casi infinitas en su variedad. Todo ser ordinario que haya permitido d reajuste de su cuerpo astral después de la muerte, habrá de atravesar por las siete subdivisiones en turno, aunque no cada uno es consciente en todas ellas. Una persona ordinariamente buena; no tendrá en su cuerpo suficiente materia del subplano ínfimo para formarse una gruesa envoltura; generalmente tiene materia, ¿el sexto subplano mezclada con una poca del séptimo; y así, después de la muerte, por regla general solamente le interesa la contraparte del mundo físico.
Pero un ebrio, o un sensual que durante, la vida física hubieren sido presa del vino o de la lujuria al grado de supeditar a su vicio toda razón y sentimientos de decencia o afectos de familia, se encontraran, después de la muerte, en las más bajas subdivisiones del mundo astral pues sus anhelos fueron tales que exigían un cuerpo físico para su satisfacción. Esas ansias se manifiestan como vibración en el cuerpo astral, y mientras el hombre vivió en el mundo físico, la mayor parte de su fuerza se empleó en poner en movimiento las pesadas partículas físicas. Pero hallándose en el mundo astral sin cuerpo físico para amortiguar y demorar la fuerza de las vibraciones del deseo, siente los apetitos tal vez centuplicados en su poder y sin embargo se mira completamente incapaz de satisfacerlos por falta del organismo físico; y así su vida es entonces un Verdadero infierno, el único infierno que existe. Empero, él se halla cosechando el resultado perfectamente natural de su propia acción y ningún poder externo lo está castigando.
Tomemos ahora el caso de un hombre ordinario, incoloro, que no posea vicios particulares pero que se encuentra apegado, aún, a las cosas del mundo físico; cuyas ideas no hayan pasado más allá de la murmuración o no haya pensado en otras cosas que sus negocios o sus trajes, y cuya vida hubiere transcurrido en hacer dinero o en pasatiempos sociales. El mundo astral lo llenará de fastidios pues le es imposible encontrar allí las cosas que ansia, ya que no existen en aquel mundo ni los negocios ni los compromisos ni los convencionalismos en los que se basa la sociedad del mundo físico.
Con todo, excepto para una pequeña minoría, la situación después de la muerte es para todos más feliz que sobre la tierra, puesto que desde luego ya no hay necesidad de ganarse él sustento diario. El cuerpo astral no siente hambre, ni frío, ni sufre enfermedades; cada ser, en el mundo astral, por el sólo ejercicio de su pensamiento, podrá vestirse como guste. Por vez primera, desde su temprana niñez, el hombre se siente allí enteramente libre para emplear su tiempo en hacer exactamente lo que le plazca.
Las personas que tuvieren los mismos gustos y propósitos se agruparan, naturalmente, tal como lo hacen en él mundo físico; y nunca faltará ocupación provechosa para un hombre que abrigue intereses razonables, con tal de que éstos no requieran un cuerpo físico para su expresión, Un enamorado de las bellezas de la naturaleza podrá viajar rápidamente, a cientos de kilómetros por segundo, sin fatiga, hasta los más deliciosos parajes del mundo; otro cuyo goce sea el Arte, tendrá a su disposición las obras maestras del mundo entero, en tanto que el estudiante de ciencias encontrará abiertos todos los laboratorios del mundo; podrá visitar a todos los hombres de ciencia y captar sus pensamientos. Para un ser que durante su vida terrenal hubiere hallado sus complacencias en acciones altruistas y en el trabajo por el bienestar de otros, este será un mundo de la más vivida alegría y del más rápido progreso. Para un hombre que haya sido inteligente a la par que útil, que comprenda las condiciones de esta existencia no-física y se tome la molestia de adaptarse a ellas, se abre una espléndida perspectiva, de oportunidades tanto para adquirir nuevos conocimientos, como para efectuar útiles labores. De hecho podrá él hacer mayor bien en pocos años de tal existencia astral que el que pudo haber hecho durante su vida física por larga que hubiere sido. Por consiguiente, el mundo astral está lleno de amplias posibilidades tanto para el júbilo cuanto para el progreso
Cuando la muerte acaece por accidente, no es raro que signifique el fin determinado por los Señores del Karma para esa reencarnación pero a veces no se trata de esto, y el accidente viene a constituir una interferencia motivada por nuevas fuerzas que se produjeron en dicha vida, (la iniciativa del mismo ser que elija pagar una deuda antes del plazo, como ya se dijo) o por acciones ajenas que lo afecten directamente. En tales casos, el plan perturbado tendrá que ajustarse al principiar la nueva existencia, de tal suerte que, al final de cuentas, nada pierde el alma cuyo destino fue momentáneamente desviado por sí ó por otras. Pero en ningún caso está señalado el suicidio en la vida de nadie; es el yo interno el directamente responsable por tal acción, si bien la responsabilidad puede ser compartida por otros.
Cuando se trata de personas que mueren a causa de la vejez o de una prolongada enfermedad, es casi seguro que el ansia de deseos terrenales ya se ha debilitado algo o mucho, y probablemente ya desecharon de sí las partículas más densas, de tal suerte que el hombre podrá encontrarse, posiblemente, en la sexta o quinta de las subdivisiones del mundo astral, o tal vez en las superiores pues sus principios se fueron preparando gradualmente para la separación y la sacudida no es, por consiguiente demasiado fuerte.
Pero en caso de muerte accidental, o suicidio, ninguna de estas preparaciones ha tenido lugar y la retirada de los principios, de su sujeción física, se ha comparado con justeza al acto arrancar un hueso, o semilla, del fruto no maduro aún; gran cantidad de la clase más burda de materia astral se halla adherida aún a la personalidad, la cual, por consiguiente, se detiene en la séptima o ínfima de las subdivisiones del mundo astral.
Las víctimas de muerte repentina, cuyas vidas terrenales fueron nobles y puras no tienen afinidad por este plano, y así, el tiempo de su permanencia en él, transcurre o bien en una feliz ignorancia y completo olvido, o bien en estado de quieto sopor en un sueño pleno de ensueños color de rosa. Pero si sus vidas terrenales hubieren sido de baja brutalidad, egoístas y sensuales, serán conscientes, como los suicidas, de toda la repulsividad de esta repugnante región, y podrán adquirir la tendencia a convertirse en entidades terriblemente malas.
Ordinariamente se comete un suicidio por debilidad o por cobardía, debido a una momentánea desesperación o a una sacudida que las almas débiles no pudieron resistir, o a una súbita desgracia resultante de cualquier mala acción que se descubra y a cuyo castigo desea el suicida escapar. A veces es un acto deliberado, pero siempre precipitado, de una persona que trata de salir de un terrible aprieto y escapar de una mortal angustia.
Pues bien, no puede escapar. Cuando acaba de asesinar a su cuerpo se encuentra bien despierto en el otro lado de la muerte, exactamente el mismo hombre que fuera antes, excepto que carece del cuerpo físico; no ha cambiado más, que si simplemente se hubiese quitado su casaca. La causa que lo impulsó al suicidio fue de origen emocional o mental, según el caso; pero él no se ha despojado ni de su mente ni de sus emociones. Toda aquella parte de él que lo impulsó al suicidio, la conserva aún consigo; pues la acción no fue meramente corporal. El resultado de haber perdido su cuerpo físico es un gran aumento en su capacidad para sufrir. Se halla sujeto aún a las mismas fuerzas que lo llevaron a cometer su nefanda acción. Hay, sin embargo, una peculiaridad acerca de esto, a saber, que el suicida generalmente repite “en su imaginación”, como decimos, todo aquello que lo indujo al extremo de matar su cuerpo; repite automáticamente los sentimientos de desesperación y de temor que precedieron al autoasesinato; repasa de nuevo su acción y su lucha mortal, con espantosa persistencia.
La necedad del suicidio consiste en que el suicida erróneamente espera escapar de la vida y se encuentra vivo todavía. He aquí la futilidad de todo el asunto. El suicidio depende principalmente de la ignorancia.
Pero debe recordarse que la culpabilidad del suicidio difiere considerablemente según las circunstancias, desde el acto moralmente impecable de un Séneca o un Sócrates; o de un suicidio cometido por motivos nobles o en un arranque de amor maternal y de autosacrificio; hasta el atroz crimen del malvado que corta su propia vida a fin de escapar de los enredos en que lo complicó su villanía; y, naturalmente, la situación de éstos después de la muerte difiere en gran manera.


También la actitud mental, después de la muerte influencia, su estancia allá, puesto que, por la comprensión de su situación y fijando su atención en asuntos espirituales, podrá facilitar la desintegración astral y acortar su permanencia en los niveles inferiores.
En el caso de una persona por completo espiritualizada, que hubiere purificado su cuerpo astral con los constituyentes extraídos de los más finos grados de cada división de materia astral, la condición de etapa crítica mencionada arriba podrá obtenerse respecto a todas la subdivisiones de materia astral, y el resultado sería un pasaje prácticamente instantáneo a través de aquel plano, de tal suerte que recobraría su conciencia primeramente en el mundo célico. Un hombre menos desarrollado, pero moderado y puro, pasará a través de aquel plano menos rápidamente, si bien en un plácido ensueño, inconsciente de sus alrededores hasta que, habiendo desechado una tras otra sus envolturas astrales, despierta en el mudo celestial.
El hombre ordinario, al encontrarse en la sexta sección vagando todavía en torno a lugares y personas con las cuales estuvo en más íntimo contacto en la tierra, encuentra/a medida que pasa el tiempo, que los contornos terrestres se esfuman gradualmente y van siendo de menor importancia para él, y por lo mismo tiende más y más a modelar su medio circundante de acuerdo con el más persistente de sus pensamientos. Cuando llega al tercer nivel, encuentra que esta característica ha reemplazado por completo la visión de las realidades del mundo astral. Cuando se han consumido todas las bajas emociones y deseos, así como los pensamientos de carácter egoísta, y el Ego en su firme proceso de concentración ha pasado allende aún de la más fina clase de materia astral, adviene un tiempo en que el cuerpo astral, no enteramente desintegrado aun, es finalmente sacudido a la hora de la muerte astral y el alma (exceptúando el caso de un hombre inusitadamente malvado que no tenga ni gota de amor o de bondad para nadie, o que se haya degradado hasta un pecado y una bestialidad irredimible), el alma tiene una especie de período gestatorio y se sumerge en un ensueño breve y apacible, una "Inconsciencia Predevachánica", para ser despertada por el sentimiento de una intensa bienaventuranza en aquella parte del mundo celestial a la cual pertenezca por su temperamento. No hay necesariamente movimiento alguno en el espacio, sino que la conciencia humana se encuentra ahora enfocada en el mundo mental inferior, en donde se encuentran también las de aquellos animales que antes de su muerte, se "individualizan" y alcanzan la estatura del alma humana.
Las plegarias siempre tienen valor tanto para los vivientes como para los muertos, cuando éstas son dictadas por el amor; pero una plegaría será eficaz en proporción a la intensidad del pensamiento expresado por ella, de la pureza y fuerza de voluntad con la cual se dirige hacia la persona en cuestión, y del conocimiento que posea el que la produce. Una oración, como un pensamiento, crea una forma, un elemental artificial, "un poder benéfico activo" que va hacia la persona para cuyo beneficio fue creada y que la ayuda en cuanto se presente la oportunidad. Esta energía puesta en fuego en el plano astral puede afectar a cualquier persona en su cuerpo astral; por tanto, es posible auxiliar y proteger a un muerto con tales formas mentales mientras él permanezca en el mundo astral.
Un hombre que sepa, que comprenda la constitución del cuerpo astral y el poder del pensamiento, puede aumentar enormemente su ayuda por el envío deliberado de un elemental artificial que ayude en la desintegración de los cascarones astrales que aprisionan el alma, y que impulse en gran manera su paso hacia el Devachán. Algunos de los Mantrams de los Shraddhas Indos (ceremonias para los muertos) tienen este objeto en perspectiva y son muy eficaces cuando se emplean por un hombre santo y sabio.
Pero el hombre ordinario conoce tan poco de la condición de sus seres queridos ya muertos, que hará muy bien en abstenerse de poner en movimiento una fuerza que pueda ser mal dirigida por falta de conocimiento, más exacto acerca de lo que ellos necesitan. Tal persona procedería mejor si usara aquella hermosa antífona que tan a menudo se escucha en los servicios para los difuntos, en la Iglesia Católica Cristiana: "Concédele, oh Señor, eterno descanso y que la luz perpetua brille para el". En esta forma cualquiera puede ayudara sus amigos o seres queridos, elevándose hacia un nivel superior, olvidándose de sí y del engaño de la aparente pérdida, enviando pensamientos de "luz perpetua y eterna paz", y sustituyendo la tristeza egoísta e inútil por buenos deseos,
Ciertamente podemos hacer mucho en ayuda de la persona moribunda. Si nos es dado estar a su lado físicamente durante su enfermedad, podremos explicarle las condiciones después de la muerte; cualquiera explicación razonable de estas condiciones, en una plática íntima y apacible acerca de la vida allende la tumba, aliviara en gran manera su ánimo. Empero, si nos es imposible la comunicación física, podremos ayudar a un moribundo desde el plano astral. Debe uno fijar en su mente, antes de entregarse al sueño, la intención de ayudar a aquella persona particular con las razones que se le pueden presentar. El objeto capital del que ayuda, es calmar y fortalecer al que sufre e inducirlo a, darse cuenta de que la muerte es un proceso perfectamente natural explicándole la naturaleza del plano astral y de las preparaciones necesarias para progresar hacía el mundo celestial.
Por otra parte, quien trate de auxiliar deberá poseer las siguientes cualidades: saber enfocar su mente en la labor exclusiva de auxilio; perfecto control de sí sobre su temperamento y nervios; perfecta calma, serenidad y estado de gozo; conocimiento de los planos superiores, y ausencia total de egoísmo, con un corazón, lleno de amor. He ahí cómo se puede ayudar efectivamente al moribundo y al difunto.
El muerto puede permanecer inconsciente después de la muerte por un momento o por pocos minutos, horas, días, o aún semanas; y sí bien una persona entrenada puede observarlo por sí mismo, quien no lo estuviere, debería hallarse listo para ayudar durante varias noches sucesivas a fin de no fallar a la hora que el muerto recobre su conciencia en el mundo astral.
Seguramente nos encontraremos allende la muerte con las personas amadas que os precedieron, pues el afecto actuará como un imán y nos reunirá. Si el ser amado murió recientemente, lo encontraremos en el plano astral, pero, si él abandonó la tierra hace mucho tiempo, es posible que haya pasado ya del astral al mundo celestial; y cuando nosotros lleguemos hasta aquel mundo, lo tendremos de nuevo a nuestro lado en su mejor condición posible, mediante nuestra forma o imagen mental de él, vivificada por el Ego de aquel amigo, como se explicará en breve. No hemos perdido a aquellos a quienes amamos; cuando el afecto existe, la reunión es segura, ya que es uno de los mayores poderes del Universo, sea en Vida o en Muerte.
 


El mundo astral está habitado no tan sólo por los muertos, sino también por una tercera parte de los vivientes, quienes temporalmente han dejado sus cuerpos físicos durante el sueño. Como la materia astral es muy plástica bajo la influencia del pensamiento, un hombre en el mundo astral aparece semejante a sí mismo, usando los trajes en los cuales piensa. Igualmente es allí el lugar de residencia de los Adeptos y Sus discípulos; de personas que se han desarrollado psíquicamente sin la guía de un Maestro; y de magos negros y sus alumnos.
En aquel mundo se encuentra también un gran número de seres humanos de otra clase, sin cuerpos físicos; algunos muy sobre el nivel humano, como los Nirmánakayas; los discípulos de los Maestros en espera de reencarnación, etc.; y otros bajo dicho nivel, como los despojos astrales y los cascarones de los muertos; los cascarones vitalizados para la Magia Negra; los magos negros muertos, los Discípulos de ellos, etc.
Residen en este plano, asimismo, seres no humanos como la esencia elemental de nuestra evolución, y los cuerpos astrales de animales;
y gran parte de la población del mundo astral la forman espíritus de la naturaleza de varias clases que se llaman Hadas, Duendes, trasgos, faunos, sátiros, espíritus chocarreros, etc., los cuales tienen una línea diferente de evolución y generalmente usan una forma humana diminuta; así como también Devas, o Ángeles mucho más adelantados en la evolución que el hombre. Igualmente, es esta la residencia, de entidades artificiales, los elementales inconscientemente formados por hombres ordinarios, y conscientemente formados por Adeptos y magos negros; así como de elementales artificiales humanos empleados en las sesiones espiritistas.
De consiguiente nosotros no somos los únicos ni los principales habitantes del mundo astral, ya que tal mundo está poblado en su mayor parte por seres pertenecientes a otras líneas de evolución que corren paralelamente a la nuestra, y los cuales, si bien egoístas ya fueren de cólera, ambición, orgullo, avaricia, glotonería, embriaguez, sensualidad, etc., se vierte en la materia astral y se agota en el mundo astral cuando el hombre está calcinando aquella parte inferior de su naturaleza durante la vida purga tonal. Pero sus pensamientos altruistas, ya fueren puramente intelectuales o de naturaleza compasiva, tierna, devota, o amorosa, etc., pertenecen a su cuerpo mental, y los lleva él consigo al Devachán, puesto que, tan sólo mediante tales pensamientos refinados podrá apreciar el mundo celestial.
Ahora bien, "su cuerpo, mental es un vehículo que de ninguna manera se halla por completo desarrollado como el astral y que lo aleja del mundo mental alrededor de sí, en lugar de capacitarlo para verlo; ya que solamente se hallan en plena actividad aquellas partes de su cuerpo mental que usó de manera altruista durante su vida terrestre. Los pensamientos elevados, refinados y nobles, las aspiraciones inegoístas que él generó durante su vida terrestre, se agrupan entonces en tomo a él formando alrededor de sí una especie de cascarón mediante el cual puede responder a ciertos tipos de vibración en la refinada materia del mundo mental.
Estos pensamientos que lo rodean son los poderes mediante los cuales se da cuenta de la riqueza del mundo celeste, y si bien aquel mundo es un almacén de extensión infinita (toda gloria y toda belleza ya concebibles), él puede aprovecharlos exactamente de acuerdo con su capacidad de pensar sin egoísmo. Cada una de tales formas de pensamiento es una. ventana a través de la cual mira, desde su cuerpo mental, la gloria y la belleza del mundo mental. Si él ha tenido especial complacencia en las cosas físicas durante su vida terrenal, entonces apenas contará con unas pocas ventanas por las cuales tal gloria superior pueda brillar cerca de, él. Un alma enteramente inegoísta, y altamente evolucionada, es toda ventanas, tiene plena conciencia aquí, se puede mover en su vehículo mental tan libremente como el hombre ordinario emplea su cuerpo físico, y mediante él inspecciona vastos campos de conocimiento superior que se extienden ante sí. Empero, cada hombre pudo haber tenido algún toque de sentimiento puro, inegoísta, aunque haya sido una sola vez en toda su vida, y aquel podrá ser ahora una "ventana" para él. Todo ser, exceptuando uno enteramente salvaje en sus primitivas etapas, tendrá con seguridad algo de esta maravillosa vida de bienaventuranza. Por consiguiente y de hecho, en lugar de que algunas "almas" vayan al cielo y otras al infierno, la mayor parte tienen su etapa tanto de purgatorio como de cielo, las cuales solamente difieren en sus proporciones relativas.
Pensar pensamientos amorosos o nobles, apreciar una obra maestra literaria, o alguna adorable obra de arte en el mundo físico, es abrirse una ventana en el mundo celestial; acostumbrarse a pensamientos elevados y altruistas, es mantener' aquella ventana siempre abierta de par en par. Pero la condición de un hombre en el mundo celestial es principalmente receptiva, y su visión de algo fuera de su propia concha de pensamiento, es del más limitado carácter; no puede él construir nuevas ventanas, a lo largo de nuevas líneas de actividad si no tuvo interés en éstas durante su vida física. Los pensamientos superiores pueden seguir muchas direcciones, algunas de ellas personales, como el afecto hacia una persona o la devoción a una deidad personal; y otras de ellas impersonales. Entre éstas se cuentan el arte, la música y la filosofía; y un ser, cuyo interés haya girado alrededor de estas líneas encuentra inconmensurable goce e ilimitada instrucción, es decir, la cantidad de júbilo y de conocimientos quedará limitada tan sólo por su poder de percepción. Como un trabajador que regresa al hogar con su salario del día, el hombre extrae del Devachán tanto cuanto se haya preparado a obtener por sus esfuerzos durante la vida terrenal.
En este plano existe la infinita plenitud de la Mente Divina, abierta en todo su ilimitado influjo para toda alma, justamente en la proporción en que aquella alma se hubiere calificado a sí misma para recibir. Es un mundo cuyo poder de respuesta a las aspiraciones del hombre está limitado solamente por la capacidad de éste para aspirar. En el oriente se dice que cada ser trae consigo su propia copa; que algunas son grandes y otras pequeñas; pero que cada copa, grande o pequeña, será colmada hasta el máximo de su capacidad; aquel océano de bienaventuranza contiene mucho más de lo que es necesario para todos.
Las imágenes mentales (o formas de pensamiento) inegoístas que hayan existido como semillas en el .cuerpo mental, comienzan a manifestarse como árboles en el Devachán, de tal suerte que cuando un hombre hubiere formado muchas imágenes mentales, ya fuere por su aspiración al conocimiento, o por altruista .deseo de ayudar a la humanidad, (por más que tales imaginaciones hayan sido consideradas en el mundo como castillos en el aire) se materializan ahora en la materia más fina del mundo mental y el hombre se encuentra allí haciendo cada cosa de acuerdo con sus deseos.
Siendo la materia mental más sutil que la materia física, los pensamientos son cosas en el mundo mental o celeste; y mediante el poder del pensamiento, cada uno crea en los cielos su propio mundo de acuerdo con sus deseos. Tal como son los pensamientos de un hombre, así es su Devachán, y como no son iguales los pensamientos ni de dos personas, sus cielos deben, por consiguiente, ser diferentes. Sin embargo, como cada uno se encuentra allí a cada momento exactamente de acuerdo con su deseo, todos son extremadamente dichosos. si bien disfrutando de diferente grado de felicidad.
Además, si los goces celestiales fueren tan sólo de un tipo particular, como lo sostienen las teorías ortodoxas, siempre habría algunos que pronto se cansarían debido a su falta de habilidad para participar de estos goces, ya fuere por. encontrar gusto en cierta, felicidad particular, o por ralla de la necesaria educación. Y así el cielo de un hombre no puede ser impuesto a todos los demás, de igual manera que un individuo de los arrabales no puede sentirse dichoso en el glorioso ambiente de un artista, pues lo que ocasiona felicidad a uno puede no ocasionarla en manera alguna a otro. El hecho es que cada uno crea su propio cielo por sus propias formas de pensamiento, por la selección que hace en los esplendores inefables del pensamiento de Dios Mismo. Por las causas que él mismo engendró durante su vida terrenal, decide, para si mismo, tanto la duración como el carácter de su vida célica; por lo tanto tendrá exactamente la cantidad que ha merecido, y exactamente la calidad de goce que sea él más a propósito para sus idiosincrasias. He aquí él único arreglo imaginable que puede hacer feliz a cada uno hasta él máximum de su capacidad para serlo.
De todos quienes entran a aquel mundo, los niños son los más dichosos y los que por completo se sienten como en su casa. No pierden a sus padres, hermanos, hermanas, ni a los compañeros de juego a quienes amaron; sencillamente los tienen cerca de sí para jugar con ellos durante lo que nosotros llamamos noche, en lugar del día, de tal suerte que ellos no resienten ni pérdida ni separación. Durante ^nuestro" día jamás se les deja solos, pues en aquél mundo, lo mismo que en éste, los niños se reúnen, juegan entre sí, se divierten en una especie de Campos Elíseos, llenos de raras atracciones y siempre están plenos de júbilo, y a menudo turbulentamente felices.
Como a los niños les agrada ser de utilidad, en aquellos mundos superiores se abre ante ellos un vasto campo de ayuda y bienestar en sus gestiones de misericordia y amor para los ignorantes.
No deberíamos temer por las pequeñas criaturas que aún fueren incapaces de jugar; pues muchas madres difuntas esperan allá para atraerlos amorosamente hacia su seno, para recibirlos y amarlos como si fuesen sus propios hijos. Generalmente tales criaturas descansan en el mundo espiritual por muy poco tiempo, como ya se dijo antes, y retoman de nuevo a la tierra para ser muy a menudo hijos del mismo padre y la misma madre.
Si un ser ama a otro con amor profundo y altruista, crea una fuerte forma de pensamiento o imagen mental de aquel amigo o pariente, y naturalmente lleva consigo aquella imagen al mundo celestial, ya que tal amor, en virtud de su carencia de egoísmo, pertenece a aquel nivel de materia. La fuerza de tal amor es suficientemente poderosa para actuar sobre el Ego del amigo en la parte superior de su cuerpo mental, porque es el Ego o el alma y no el cuerpo físico lo que el ser amó con amor puro. Ahora bien, el Ego del ser amado, sintiendo aquella vibración, responde súbitamente a ella, y se infunde a sí mismo en aquella forma de pensamiento creada por el residente del Devachán.
Por consiguiente, en el mundo celestial cada ser tendrá siempre alrededor de sí a todos los amigos y parientes que deseare y éstos se le presentarán siempre bajo su mejor aspecto, ya que entonces se hallan dos etapas más cerca de la realidad que cuando habitaron en las limitaciones del cuerpo físico.
Esta misma observación tiene valor cuando se trate de un hombre cuya inspiración hubiere sido la devoción hacia una deidad personal; la deidad estará siempre presente ante el muerto mucho más vividamente que en el plano físico.
Un muerto, en el cielo no espera mi observa a sus amigos y seres queridos que están sobre la tierra porque no podría ser dichoso en el cielo si mirase hacia la tierra y viese que los seres que ama están llenos de pesares o cometiendo algún pecado. Tratándose de esperar, no mejora mucho el caso, pues entonces él tendría un largo y cansado período de espera, que a veces se extendería durante años, pudiendo suceder que el amigo llegase tan cambiado que ya no le fuere agradable su compañía. Pero, de acuerdo con el arreglo natural, todas estas dificultades se evitan, y aquéllos a quienes el muerto amó se encuentran siempre con él y siempre bajo su aspecto más noble y mejor, ya que no podría acaecer ningún cambio o discordia entre ellos puesto que él recibe de dios, en todo tiempo, exactamente lo que espera.
Durante su estancia en el Devachán entre dos encarnaciones, sus oportunidades de desarrollo serán:
2. A causa de las cualidades que desarrolló en sí, tal ser abrió las correspondientes "ventanas” en el mundo celestial y por el ejercicio continuado de estas cualidades durante largo tiempo, las reforzará en gran manera y volverá a la tierra ricamente equipado a este respecto. Como los pensamientos se intensifican por el uso reiterado un hombre que hubiere empleado cientos de años en verter afecto desinteresado, ciertamente sabrá cómo amar más fuertemente y mejor. La vida en el Devachán es de asimilación y las formas-pensamiento de las aspiraciones o de experiencias mentales y morales, acumuladas en la tierra, son entretejidas en el carácter del alma como facultades mentales y morales, y llegan a ser los poderes y las cualidades, las capacidades y tendencias, para su próxima vida sobre la tierra.
2. Debido a sus aspiraciones se pondrá en contacto con alguna de las grandes jerarquías de espíritus y aprenderá mucho de ellos. Por ejemplo, de los Gandharvas, una grande Orden Angélica que se dedica especialmente a la música, podrá aprender maravillosas y nuevas combinaciones de tonos musicales.
3. Obtendrá información adicional y mayor instrucción mediante las imágenes mentales hechas por otros, si éstos estuviesen lo suficientemente desarrollados para ser capaces de instruirlo. Alguien que estuviese ante una fuerte imagen del Maestro, obtendrá así enseñanza y ayuda precisas a través de aquélla.
Hay siete subdivisiones en el mundo mental lo mismo que en el astral. Las tres superiores, los niveles Arupa-Loka o "Sin Forma", son la residencia del Ego en el cuerpo causal, en tanto que los cuatro niveles inferiores, los Rupa-Loka, forman el cielo en donde los seres pasan su vida celestial en el cuerpo mental. Como en el cuerpo mental nada hay que corresponda a la redistribución de la materia astral, un ser no pasa a través de las sucesivas etapas o regiones del mundo celestial una tras otra, como sucede en el mundo astral, sino que es atraído hacia el nivel que corresponda más íntimamente al grado de su desarrollo, y transcurre allí toda su vida en el cuerpo mental.
La característica dominante de la subdivisión inferior o sea la séptima, es el afecto inegoísta por la familia, pues todo tinte de egoísmo requiere ser agotado en el plano astral. La sexta tiene la característica de la devoción religiosa antropomórfica, en tanto que la quinta tiene la característica de la devoción que se expresa a si misma en trabajo de cualquier clase. Todas estas tres subdivisiones se refieren a la acción propia de una devoción a personalidades, ya sea familia, amigos, o deidad personal.
La cuarta sección tiene como su nota dominante la más extensa «devoción hacia la humanidad, que incluye aquellas actividades conectadas con propósitos inegoístas, de conocimiento espiritual, alta filosofía o pensamiento científico, habilidad artística o literaria desprovista de egoísmo, y en general el servicio por amor al servicio.
Al final de la vida celeste que dura diferentes períodos, llega al cuerpo mental su turno de ser desechado, como les sucedió a los otros, y comienza entonces la vida del hombre en el cuerpo causal.
Cuando se halla en su cuerpo causal terminada ya su vida celestial, todas las facultades mentales que se expresan en los ni-veles inferiores, son atraídas hacia el cuerpo causal con todos los gérmenes de vida pasional que se infundieron en el cuerpo mental, procedentes del astral, al tiempo de abandonar el cascarón astral; y, terminada una ronda de su peregrinación, el Pensador reside por algún tiempo en su propia patria nativa; el alma aquí no necesita "ventanas", pues todas las paredes se han desvanecido; pero como la mayoría de los hombres tienen tan sólo una oscura conciencia de sus alrededores en estas alturas, descansan allí por un poco de tiempo, apenas conscientes, pero asimilando sin embargo los pequeños resultados de la reciente vida terrestre.
Con todo, si el hombre está ya desarrollado, su vida en el nivel "Arupa" es mucho más larga, rica e intensa, ya que su cuerpo causal crece y se organiza mejor; y él retoma a la vida terrestre con un cono-cimiento mayor y con un poder más efectivo para ayudarse a sí y ayudar a los demás. En el subplano más elevado viven los Maestros y Adeptos y Sus discípulos más adelantados; en el inmediato inferior, las almas cuya superior evolución es testimoniada por su cultura interna y su refinamiento natural cuando viven en cuerpos terrestres; y en el tercer subplano la vasta mayoría de los 60,000 millones de almas de que antes se habló que forman la masa de nuestra aún retrasada humanidad.
La duración de la estancia de un ser en el mundo mental superior, depende de su etapa evolutiva, lo mismo que de su profundo pensar y noble vivir durante la vida terrenal. Sin embargo, para todo hombre, por menos que haya progresado, adviene un momento de clara visión antes de su retorno a la tierra, y entonces ve él su vida pasada con las causas que tendrán que ser elaboradas en el futuro, y, mirando hacia lo porvenir, ve también su próxima encarnación que lo espera con sus posibilidades y oportunidades. Entonces las nubes de la materia se cierran sobre él y oscurecen su visión, y principia un nuevo ciclo de otra encarnación con el despertar de los poderes de la mente inferior a través de Tanha, la sed ciega por la vida manifestada.
 

 

 

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA:



   El Budismo esotérico. A.P. SINNET.


   El Conocimiento de Sí Mismo. I.K. TAIMNI.


   Teosofía explicada. P. PAVRI.


   El Océano de la Teosofía. W.Q. JUDGE

 

    


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