Helena Petrovna Blavatsky

 

 

 

La cualidad heroica de HPB


Cuando se estudia cualquier filosofía, entre las cuales se puede incluir la Teosofía, se constata que las personalidades que sustentan tales ideas no proporcionan ningún tipo de ayuda.

En nuestro caso, por tanto, no importa quienes fueron o quienes son los principales teósofos del pasado o del presente, pues la Teosofía como modelo de vida o como patrón de conducta descansa en sus propios méritos y el conocimiento de la vida de cada uno de ellos no hacen más provechosos los estudios teosóficos.
Por tanto, se puede asegurar que todo aquel que se interese por el estudio de la Teosofía no tiene necesidad de saber o de conocer quién o qué fue Helena Petrovna Blavatsky (HPB para nosotros)..........
 

Alfredo Puig Figueroa                   

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H. P. Blavatsky: Esbozo biográfico

Vera Zhelihovsky 

Tomado de la revista española “Sophia” 1895

 

 

 

 

     Mi hermana Helena Petrovna Blavatsky, née Hahn, más conocida en nuestro país con el seudónimo de Radha-Bai, el cual adoptó para sus escritos en Rusia, era una persona sumamente notable, aun en estos días en que abundan los personajes extraordinarios. Aun cuando sus obras son poco conocidas del público en general, han dado lugar, sin embargo, a un movimiento espiritual, a una organización fundada en las teorías contenidas en ellas, a las cuales consideran sus discípulos como “una revelación”. Me refiero a la Sociedad Teosófica, tan conocida y tan extendida por toda América, la India, Inglaterra, y en menor escala por el resto de Europa.

       La fundación de esta Sociedad fue concebida y realizada por Madame Blavatsky el año de 1875 en Nueva York, en cuya ciudad se había establecido, sin que se diese cuenta del por qué, pero adonde fue arrastrada por un impulso irresistible é inexplicable entonces para ella, según veremos luego por sus cartas.
Sin dinero, sin ninguna clase de influencia ni de protección, sin más apoyo que su indomable valor y su incansable energía, esta mujer verdaderamente extraordinaria, consiguió, en menos de cuatro años, atraer a sí prosélitos llenos de abnegación que se hallaban dispuestos a seguirla a la India y a expatriarse con alegría; y en menos de quince años llegó a tener millares de discípulos, quienes no solamente profesaron sus doctrinas, sino que además la proclamaron “el maestro más eminente de nuestros tiempos, la esfinge del siglo”, la única persona del mundo occidental iniciada en las ciencias ocultas del Oriente; y a la verdad, con pocas excepciones, se hallaban dispuestos a canonizarla, si la filosofía que ella les enseñara se lo hubiera permitido.
       Casi no existe país alguno en donde la muerte de H. P. Blavatsky no haya producido una impresión profunda. En todo el mundo tuvo gran resonancia la noticia de la muerte de esta pobre rusa, cuyo único mérito para semejante celebridad, consistía en su genio personal. Durante algún tiempo, su nombre figuró en la prensa de todas las naciones. Sin duda alguna, es verdad que se habló más mal que bien de ella; pero al fin se habló de ella: los unos para denostarla de varios modos, quejándose grandemente de los perjuicios por ella ocasionados; los otros, los teósofos, en veinte ó más publicaciones, para proclamarla «iluminada», profetiza y salvadora de la humanidad; la cual afirmaban que sin las revelaciones que había hecho en sus obras, sobre todo en La Doctrina Secreta, debía ser arrastrada a su perdición por el espíritu materialista de la época.
       No me compete declarar si la verdad se hallaba de parte de sus amigos y entusiastas discípulos, ó de sus encarnizados enemigos. Mi propósito se limita a ofrecer al público algunos recuerdos imparciales de familia, y a presentarle algunas cartas de interés indudable.
Fácil me sería llenar muchos volúmenes con el material de que dispongo; me ceñiré, sin embargo, a escoger lo más notable, y a tejerlo con mis propios recuerdos.
Nuestra madre, Mme. HHelena de Hahn, née Fadéew, murió a la edad de veintisiete años. A pesar de su muerte prematura, era talla reputación literaria que había adquirido, que se había ganado el nombre de la «George Sand rusa», nombre que le fue dado por Bélinsky, el mejor de nuestros críticos. A los dieciséis años se caso con Pierre de Hahn, capitán de artillería, y a poco, todo su tiempo hubo de consagrarlo a la educación de sus tres hijas. HHelena, la mayor, era una niña precoz que desde su más tierna edad llamaba la atención de cuantos se ponían en contacto con ella.
       Su naturaleza se rebelaba por completo contra la rutina exigida por sus maestros, como asimismo contra toda clase de disciplina; no reconocía amo alguno sino su propia buena voluntad y sus gustos personales. Era exclusiva, original y a veces osada hasta la violencia.
Cuando después de la muerte de nuestra madre fuimos a vivir con sus parientes, todos nuestros maestros habían agotado su paciencia con Helena, quien jamás se avenía a horas fijas para las lecciones; asombrándoles, sin embargo, por su brillante inteligencia, especialmente por la facilidad con que llegaba a dominar los idiomas extranjeros, y por sus disposiciones musicales. Tenía el carácter, así como todas las cualidades buenas y malas, de un muchacho enérgico; le gustaban los viajes y las aventuras, despreciaba los peligros y le importaban muy poco las reprensiones.
Cuando nuestra madre se hallaba moribunda, aunque su hija mayor sólo contaba once años, tenía muchos y fundados temores por su porvenir, y decía:
-¡Ah, quizás sea mejor que me muera; así al menos no llegaré a presenciar la que le suceda a Helena! De una cosa. estoy segura: su vida no será como la de otras mujeres, y tendrá mucho que sufrir.
       ¡Profecía verdadera!
       A la edad de diecisiete años, H. P. Blavatsky se casó con un hombre que le triplicaba la edad, y algunos meses después dejó a su esposo del mismo modo obstinado é impetuoso con que se había casado con él. Le dejó con el pretexto de ir a vivir con su padre; pero antes de llegar adonde éste se hallaba, desapareció, y con tanta fortuna, que durante años nadie supo dónde estaba, dándola nosotros por muerta. Su esposo era el sub-gobernador de la provincia de Erivan, en Transcaucasia. Era en todos concepto un hombre excelente, pero con un defecto: el de haberse casado con una muchacha que lo trataba sin el menor respeto, y que de antemano le dijo abiertamente que la única razón que tenía para preferirlo a los demás que deseaban casarse con ella, era que le importaba menos hacerle desgraciado a él que a cualquiera de los otros, «Cometéis un grandísimo error en casaros conmigo»- le dijo antes de contraer matrimonio. - «Sabéis perfectamente que sois bastante viejo para ser mi abuelo. Vais a causar la desgracia de alguien, pero no será la mía. En cuanto a mí, no os tengo miedo, y os prevengo que no seréis vos quien salga ganancioso de nuestra unión.»
       No pudo, pues, decir nunca su marido que dejase de obtener lo que había contratado.
H. P. Blavatsky pasó la mayor parte de su juventud, y en realidad casi su vida entera, fuera de Europa. En sus últimos tiempos afirmaba que había vivido muchos años en el Tibet, en los Himalayas, al extremo Norte de la India, en donde estudió la lengua y literatura sánskritas, juntamente con las ciencias ocultas, tan conocidas de los Adeptos, hombres sabios ó Mahatmas, por quienes tanto tuvo que sufrir después. Tal es, al menos, la relación que de sus hechos le hizo a sus parientes, como asimismo a su biógrafo inglés Mr. Sinnett, el autor de la obra titulada Incidents in the Life of Madame H. P. Blavatsky (Incidentes de la vida de Mad. H. P. Blavatsky). Durante ocho años estuvimos sin tener noticias de ella. Sólo después de diez años, el período necesario para que fuese legal su separación de su esposo, fue cuando Mad. Blavatsky volvió a Rusia.
       Después de su regreso, se estableció, primeramente en el Gobierno de Pskoff, en donde me hallaba yo entonces viviendo con nuestro padre. No esperábamos su llegada en algunas semanas, cuando, cosa verdaderamente extraña: al oír un día la campanilla de la puerta de la calle, dí un salto, en la seguridad de que era ella quien llamaba. Era el caso, que había reunión aquella noche en la casa de mi suegro, en donde yo vivía; su hija se casaba aquella misma noche; los convidados se hallaban sentados a la mesa, y la campanilla sonaba a cada momento. Sin embargo, yo estaba tan segura que era ella la que había tocado, que con asombro de todos me levanté precipitadamente, y abandonando el festín de boda, corrí a abrir la puerta, queriendo impedir que los criados lo hiciesen.
       Nos abrazamos embargadas de felicidad, y olvidando en aquel momento lo extraño del suceso. La llevé inmediatamente a la habitación; y aquella misma noche me convencí de que mi hermana había adquirido extraños poderes. Constantemente la rodeaban, despierta ó dormida, movimientos misteriosos, ruidos extraños, como golpes que sonasen en todos lados: en los muebles, en las ventanas, en el techo, en el suelo, en las paredes. Se percibían claramente, y además demostraban inteligencia; sonaban una y tres veces pava decir «sí», y dos veces para decir «no».
       Mi hermana me dijo que les hiciese una pregunta mental, hícelo así, eligiendo una pregunta relativa a un hecho que yo sola conocía. Recité el alfabeto, y la contestación que recibí era tan verdadera y precisa, que me quedé completamente atónita. Había oído hablar a menudo de espíritus golpeadores; pero hasta entonces no había tenido nunca la ocasión de comprobar su existencia.
       Antes de poco tiempo, toda la ciudad hablaba de los «milagros» que rodeaban a Mad. Blavatsky. Las contestaciones no sólo inteligentes sino hasta clarividentes, dadas por estas fuerzas invisibles, que operaban día y noche a su alrededor sin ninguna intervención suya aparente, causaron aún más asombro y maravilla en la imaginación de los curiosos, que los movimientos de objetos inanimados, que. al parecer aumentaban ó disminuían de peso, cuyo fenómeno producía ella directamente con sólo fijar sus ojos en el objeto elegido.
       Todos estos hechos fueron entonces descritos detalladamente en los periódicos rusos. Ya no hubo tranquilidad para nosotros; hasta en el campo, adonde fuimos a vivir poco tiempo después, en una propiedad de mi pertenencia, éramos perseguidos por cartas y visitas. La situación se había hecho insoportable, cuando, por la intervención de «messieurs les esprits» - como nuestro padre los llamaba riendo-se descubrió el autor de un asesinato cometido en la vecindad, por lo cual los funcionarios judiciales se hicieron creyentes, y pedían a voces milagros. Peor fue todavía que un día empezara Helena a describir «los habitantes antiguos de nuestra casa que ella sola veía», los cuales fueron después reconocidos conforme a sus descripciones, por la gente anciana del país, como los primeros dueños de la posesión y sus criados, todos ellos muertos hacía tiempo, pero de quienes aún se conservaba memoria. Debo hacer la observación de que esta propiedad hacía sólo nueve meses que me pertenecía. La había comprado en un distrito que me era por completo desconocido, y ninguno de nosotros había oído hablar jamás de las personas que describía.
Mi padre, hombre de gran inteligencia y sumamente instruido, había sido toda su vida un escéptico, un «volteriano», como decimos en Rusia.
       La fuerza de las circunstancias le obligó a cambiar de opinión, y al poco tiempo se pasaba los días y las noches escribiendo, bajo el dictado de «messieurs les esprits» la genealogía de sus antepasados, los «valientes caballeros de Hahn-Hahn von Rotterhahn».
       Desde su regreso a Rusia, H. P. Blavatsky no sabía cómo explicar su estado mediumístico; pero en aquel tiempo no expresaba el desdén y el disgusto por la mediumnidad que más tarde sintió. Diez ó doce años después, hablaba de las proezas medianímicas de su juventud con gran repugnancia; en aquel tiempo, las fuerzas que realizaban los fenómenos le eran desconocidas y casi independientes de su voluntad; una vez que llegó a obtener el completo dominio de ellas, ya no quiso acordarse más. Pero a la edad de veintiocho años, no tenía el poder de dominarlas.
       Respecto a este particular, es interesante lo que sigue: En el verano de 1860 dejamos el Gobierno de Pskoff para ir al Cáucaso a hacer una visita a nuestros abuelos, los Fadéews, y a nuestra tía Mad. Witté, hermana de nuestra madre, quienes hacía más de once años que no habían visto a Helena. En nuestro viaje, al pasar por la ciudad de Zadonsk, en el Gobierno Vorwiége, supimos que el Metropolitano de Kieff, el Venerable Isidoro, a quien cuando éramos niñas habíamos conocido en Tiflis, donde había estado a la cabeza del exarcado de San Jorge, se hallaba en la ciudad, de paso para San Petersburgo, y estaba en aquel momento oficiando en el monasterio. Fuimos, pues, a la iglesia arzobispal, pero no sin recelo de mi parte; en el camino dije a mi hermana:
       - Hazme el favor de tratar de que tus diablillos se estén quietos mientras estemos con el Metropolitano.
       Empezó a reírse y me contestó que verdaderamente lo deseaba, pero que no podía responder de ellos.
       ¡Ay! ya lo sabía yo, y así no fui sorprendida; pero, sin embargo, sufrí horriblemente cuando oí que principiaba el golpeteo tan pronto como el venerable anciano empezó a hacer preguntas a mi hermana acerca de sus viajes... Uno! dos!... uno! dos! tres! Seguramente que tenía por fuerza que notar estos importunos individuos, que parecían dispuestos a formar parte de la reunión y a intervenir en la conferencia; para interrumpirnos hacían vibrar los muebles, los espejos, nuestras tazas de té y hasta las cuentas mismas del rosario que el santo hombre tenía en sus manos.
       Advirtió en seguida nuestro desaliento, y comprendiendo en el acto la situación, nos preguntó quién de las dos era el medium. Como verdadera egoísta, me apresuré a echar el muerto a mi hermana. Nos habló durante más de una hora, haciendo a mi hermana una pregunta tras otra en alta voz, y dirigiéndolas mentalmente a sus acompañantes, y pareció profundamente asombrado y muy satisfecho de haber visto el fenómeno.
       “No existe ninguna fuerza -dijo- que tanto en su esencia como en su manifestación, no proceda del Creador. Mientras no abuséis de los dones que se os han concedido, no tenéis por qué temer. N o nos está, en modo alguno, prohibido investigar las fuerzas ocultas de la Naturaleza”.
       Día llegará en que serán comprendidas y utilizadas por el hombre: aun cuando todavía no estemos en este caso. ¡Que la bendición de Dios te acompañe, hija mía!”
Bendijo de nuevo a Helena é hizo el signo de la cruz. Cuantas veces estas bondadosas palabras de una de las primeras cabezas de la Iglesia Ortodoxa griega han acudido a la memoria de H. P. Blavatsky en sus últimos años, siempre las recordaba con agradecimiento.
 
       Helena Petrovna Blavatsky permaneció durante los cuatro años siguientes en el Cáucaso. Siempre buscando en qué ocuparse, siempre activa y llena de proyectos, se estableció por algún tiempo en Imeretia, después en Mingrelia, a orillas del Mar Negro, en donde tomó alguna parte en el comercio de maderas finas en que aquella región abunda. Más tarde se trasladó al Sur, a Odesa, adonde nuestras tías habían ido a vivir después de la muerte de nuestro abuelo. Allí se puso a la cabeza de una fábrica de flores artificiales, que pronto abandonó por otras empresas, las que a su vez dejó pronto, a pesar de que generalmente daban buen resultado.
       Nunca la arredró temor alguno de hacer nada impropio de su posición; todo tráfico honrado le parecía igualmente bueno. Sin embargo, es curioso observar que nunca se dedicó a ninguna ocupación más en armonía con sus facultades que estas empresas comerciales, como, por ejemplo, la literatura ó la música, en las que hubiera podido desplegar realmente
su gran talento natural, tanto más, cuanto que en su primera juventud nunca tuvo que ver con nada que se relacionase con el comercio.
       Dos años después partió nuevamente al extranjero; primero a Grecia y luego a Egipto. Toda su vida la pasó en movimiento y en viajes; siempre estaba, por decirlo así, tras una aspiración desconocida, algún trabajo que tuviese el deber de descubrir y cumplimentar. Su vida vagabunda y su indeciso modo de ser, no terminaron hasta que se encontró frente alos problemas científicos, humanitarios y espirituales que le ofreció la Teosofía; entonces se detuvo como un buque que, después de navegar muchos años a la ventura, llegase a un puerto de salvación donde pliega las velas, y finalmente, echa el ancla.
Mr. Sinnett, su biógrafo, afirma que muchos años antes de su partida para América, Mad. Blavatsky había tenido relaciones espirituales con esos extraños seres a quien ella llamaba sus Maestros, los Mahatmas de Ceilán y del Tibet, y que sólo en cumplimiento de sus órdenes viajaba de uno a otro sitio, de un país a otro. Como fuera esto no lo sé. Nosotros, sus parientes más cercanos, la oímos por primera vez mencionar a estos seres enigmáticos en 1873-74, cuando se hallaba en Nueva York.
       El hecho es que su partida de París a América fue tan repentina como inexplicable, y hasta muchos años después nunca quiso decirnos la causa que la indujo a ello. La explicación que nos dió de no habernos dicho nada entonces, fue que no la habríamos comprendido y no hubiéramos querido creerla, lo cual era muy natural. Desde aquel momento abandonó todo lo demás, y su pensamiento jamás volvió, ni por un instante, a desviarse de la meta que repentinamente le había sido revelada, a saber: la divulgación en el mundo de la más antigua filosofía que atestigua la importancia suprema de las cosas espirituales comparadas con las materiales, de las fuerzas psíquicas, tanto de la Naturaleza como del hombre, y de la inmortalidad del alma humana y del espíritu. He aquí lo que me escribía: «La humanidad ha perdido sus creencias y sus elevados ideales; el materialismo y la pseudo-ciencia, los han matado. Los hijos de esta época no tienen ya fe alguna; piden pruebas, pruebas fundadas en bases científicas, y las tendrán. La Teosofía, origen de todas las religiones humanas, se las proporcionará.»
       Pronto todas sus cartas vinieron llenas de argumentos contra los abusos del espiritismo, que ella llamaba materialismo espiritual; de indignación contra las sesiones mediumísticas, en donde se evocaba a los muertos; «la materialización de los ausentes queridos», los habitantes de la tierra de la primavera eterna (el summerland) quienes, en su opinión, no eran más que sombras, fantasmas y elementarios embusteros, y a menudo peligrosos, y sobre todo, perjudiciales en sus efectos para la salud de los desgraciados mediums, sus víctimas pasivas.
       Su visita a los hermanos Eddy, los conocidos mediums de Vermont, fue la última gota que le hizo rebosar el vaso. Desde entonces se convirtió en la enemiga mortal de todo espiritismo demostrativo.
En casa de los Eddy fue donde Mad Blavatsky conoció al Coronel H. S. Olcott, su primer discípulo, su amigo fiel y futuro Presidente de la Sociedad Teosófica, que fue producto de la creación de ambos, y en la cual todos sus pensamientos se concentraron desde entonces. Este señor había ido allí, como hábil observador de los fenómenos espiritualistas, para investigar y escribir acerca de las materializaciones causadas por la intervención de los dos hermanos, de quienes toda América se ocupaba, y escribió un libro sobre este asunto, un estudio titulado People From the other World (Gente del otro Mundo), que fue el último servicio que hizo a la causa de la propaganda del espiritismo moderno. Aceptó las opiniones de Helena Petrovna Blavatsky, que los periódicos americanos se apresuraron a publicar. Siendo ambos enemigos mortales del materialismo, consideraban que el espiritismo había hecho un gran servicio a la humanidad, poniendo de manifiesto los errores de las creencias materialistas; pero que una vez que el espiritismo había probado la existencia de fuerzas invisibles é inmateriales en la Naturaleza, su misión había terminado, y no debía permitirse que arrastrase a la sociedad al otro error, a saber: a la superstición y a la magia negra.
       Como nosotros no podíamos comprender este repentino cambio de frente, en quien. sabíamos era un medium poderoso, y que recientemente había sido vicepresidente de la Sociedad Espiritista del Cairo, nos escribió que olvidásemos el pasado y su desgraciada mediumnidad, a la cual se había prestado, según explicaba, sólo por ignorancia de la verdad.
       “Si me he unido a cierto grupo de teósofos, a una rama de la Fraternidad Indo-Aria, que se ha formado aquí” -nos escribió ella de Nueva York- “es precisamente porque hacen la guerra a todos los excesos, a las supersticiones, a los abusos de los falsos profetas de la letra muerta, a los innumerables falsificadores de todas las religiones exotéricas, así como también contra los quejidos de los espíritus. Nosotros somos espiritistas, si queréis llamarnos así; pero no al modo americano, sino según los antiguos ritos de Alejandría”.
Al mismo tiempo nos enviaba recortes de los periódicos americanos que publicaban sus artículos, así como el comentario de la que escribía, por la que era evidente que sus opiniones tenían gran aprobación. Sus brillantes facultades como crítico se revelaron, sobre todo, en una serie de artículos en que trataba de los meetings del profesor Huxley en Nueva York y en Boston. Lo que nos asombró extraordinariamente fue su profunda erudición, los grandes conocimientos que repentinamente se mostraban en todo lo que escribía. ¿Dónde había adquirido todos esos variados y abstrusos conocimientos, de los que hasta entonces no había dado señal alguna? ¡Ella misma no lo sabía! Entonces fue cuando, por primera vez, nos habló de sus Maestros, ó más bien de su Maestro, pero de una manera muy vaga,. hablando de él algunas veces como de “la voz”, otras veces como de Sahib (significando Maestro), y otras como de “el que me inspira”, como si el origen de estas sugestiones mentales fuese entonces desconocida; esto no nos ayudaba a comprenderla y empezamos a temer por su razón, “Me he lanzado a escribir una gran obra sobre teología, sobre creencias antiguas y sobre secretos de las ciencias ocultas” -nos escribía en 1874- “pero no temáis nada por mí: estoy segura de lo que hago. Yo no sabía, quizás, hablar debidamente de estas cosas abstractas, pero todas las materias esenciales me son dictadas, , . Lo que escriba no será mío solo, yo no seré sino la pluma; la cabeza que pensará por mí será de uno que sabe todo. . .”
       Por otro lado, Helena Petrovna escribía a nuestra tía N. A. Fadéew:
       “Decidme, queridísima amiga, ¿ tenéis algún interés en los secretos de la fisiología psíquica? . . . Lo que voy a relatar os presenta un problema muy interesante para los que se dedican al estudio de la fisiología. Entre los miembros de nuestra pequeña sociedad, recientemente fundada con personas que desean estudiar las lenguas del Oriente, la naturaleza abstracta de las cosas y los poderes espirituales del hombre, tenemos algunos que poseen bastantes conocimientos, como por ejemplo, el profesor Wilder, orientalista y arqueólogo, y muchos otros que se han acercado a mí para hacerme preguntas científicas, los cuales me aseguran que estoy más versada que ellos en las ciencias abstractas y positivas, y que conozco mejor las lenguas antiguas ¡Es un hecho inexplicable, pero no por eso menos verdadero! . . . y bien: ¿qué pensáis de esto, antigua compañera mía de estudios? Explicad me, si podéis, cómo puede ser que yo, que como sabéis muy bien, me hallaba hasta la edad de cuarenta años en un estado de crasa ignorancia, me haya convertido repentinamente en un sabio, en un modelo de conocimientos, según la opinión de sabios verdaderos. Es un misterio irresoluble. A la verdad, soy un enigma fisiológico, una esfinge y un problema para las generaciones futuras, tanto como lo soy para mí misma.»
       “¡Imagináos, queridos amigos, que yo, pobre de mí, que nunca quise aprender nada, que no he poseído conocimientos ningunos de química ni de zoología, ni de física, y que sabía muy poco de historia y geografía, imagináos a este mismo «yo» haciendo frente en discusiones sobre asuntos científicos a profesores y doctores en ciencias de primer orden, y no sólo criticándolos, sino hasta convenciéndolos! Os doy mi palabra de que no me chanceo al deciros que estoy espantada. ¡Sí, espantada, pues no lo comprendo!. . . ¿Cómo comprender que todo lo que ahora leo, me parece que lo he sabido hace largo tiempo? Percibo errores en los artículos de maestros en las ciencias, tales como Tyndall, Herbert Spencer, Huxley y otros. Hablo con convicción respecto de las opiniones sostenidas por sabios teólogos, y se ve que tengo razón. . . ¿ De dónde vienen estos conocimientos? No lo sé, y algunas veces estoy tentada de creer que mi espíritu, mi propia alrna, no es la misma mía. . . »
       Cuando apareció su libro Isis Unveiled, fue leido y comentado en los periódicos. Nos envió los juicios críticos que se le hicieron; eran de lo más lisonjero, y nos tranquilizaron respecto de su reputación literaria; sin embargo, contenían revelaciones tan extrañas, que continuamos llenas de inquietud. Las deolaraciones de Olcott, de Judge (Presidente de la Sección Americana de la Sociedad Teosófica), de numerosos redactores del Herald y del Times de Nueva York y de otros periódicos, hablaban de fenómenos notables. De esto me ocuparé más adelante.
       Concluiré este capítulo diciendo que, a pesar de la pobre opinión que la misma Mad. Blavatsky tenía de su primera gran obra, la cual consideraba mal escrita, oscura y sin una definida relación de asuntos, estimaba en mucho los triunfos y honores verdaderamente excepcionales que le acarreó. Dejando a un lado los innumerables artículos que aparecieron tratando de este libro, tuvo seguidamente el honor de recibir dos diplomas y muchas cartas de hombres científicos tan eminentes como Layman, John Draper y Alfred Russel Wallace. Este último, entre otros, le escribió lo que sigue: «Estoy verdaderamente sorprendido, señora, de vuestra profunda erudición. Tengo que daros las gracias por haber abierto mis ojos a un mundo de cosas, de las cuales no tenía anteriormente la menor idea, desde el punto de vista que indicáis a la ciencia, y que explica problemas que parecían insolubles...»
       Los diplomas le fueron enviados por Logias masónicas de Inglaterra y de Benarés (Socieclad de Svat-Bai), las cuales reconocían su derecho a los grados superiores de sus fraternidades. El primero iba acompañado por una rosa-cruz de rubíes, y el segundo, por un ejemplar antiguo y del mayor valor del Bhagavad Gita, la biblia de la India. Pero lo que es aún más notable, es el hecho de que el Reverendo Doctor de la Iglesia Episcopal de la Universidad de Nueva York tomó este libro, Isis Unveiled, como texto para sus sermones. Durante una serie de domingos ocupó el púlpito con sus temas; y el Reverendo Mckerty, tomando sus asuntos del tercer capítulo del volumen I, edificó a sus feligreses, lanzando rayos sobre los discípulos materialistas de Auguste Comte y otros pensadores semejantes.
       H. P. Blavatsky, hasta el día de su muerte, siguió siendo rusa y buena patricia; la buena voluntad y aprobación de sus compatriotas, eran los laureles que más deseaba y estimaba más. Sus obras, prohibidas en Rusia por la censura (a pesar de ser incomprensibles para la mayoría de las gentes por estar escritas en inglés, lengua muy poco conocida en Rusia), tenían pocos lectores. Por consiguiente, el honor era mayor cuando los que las leían usaban, al hablar de ellas de un modo independiente, términos semejantes a los del Reverendo Arzobispo Aivasovsky (hermano de nuestro bien conocido pintor), y a los del hijo de nuestro célebre historiador Serge Solovioff, el muy conocido novelista Vsevolod Solovioff.
       Aivasovsky me pidió que le prestase Isis Unveiled, así como también People from the other World, de Olcott. Después de leer los dos me escribió que en su opinión “no había habido nunca, ni podía haber, un fenómeno más maravilloso que la producción de un libro” como Isis por una mujer, en el espacio de unos pocos meses, cuando en el curso ordinario de las cosas, apenas bastarían diez años a un hombre científico para llevar a cabo semejante obra”.
       He aqui la opinión de M. Vs. Solovioff, inserta en una carta de 7 de julio de 1884, después de leer la traducción francesa manuscrita de la misma obra:
«He leído la segunda parte de Isis Unveiled, y ahora estoy completamente convencido de que es un verdadero prodigio.
       De este modo concordaban las opiniones M. Solovioff y el Arzobispo Aivasovsky; me han dicho que les parecía innecesario hablar de otros milagros de mi hermana, después del que había hecho escribiendo este libro.
       Respecto de los fenómenos llamados tretas psicológicas naturales, como los denominaba H.P. Blavatsky, quien siempre los trataba con indiferencia y desdén, hubiera sido mejor, tanto para ella como para su Sociedad, que se hubiese hablado menos ó nada absolutamente del asunto.
       Sus amigos demasiado celosos, al publicar libros como el del Occult World (Mundo Oculto) de Mr. Sinnett, le hicieron un flaco servicio. En lugar de aumentar su celebridad, como creían, la historia de los hechos maravillosos llevados a cabo por los fundadores de la Sociedad Teosófica la perjudicaron mucho, haciendo que no tan sólo los escépticos, sino que también las gentes de buen sentido, lo creyesen una falsedad y la acusasen de charlatanismo.
      

       Todas las historias de Olcott, Judge, Sinnett y de muchos otros, referentes a objetos sacados de la nada, a dibujos que ella grababa en el papel con sólo colocar sus manos en una hoja, a apariciones de personas muertas ó ausentes, a numerosos objetos, que, perdidos hacía muchos años, se encontraban en lechos de flores ó en cojines, nada añadieron a la reputación de Mad. Blavatsky y de su Sociedad; por el contrario, fueron convertidas por sus enemigos en otras tantas pruebas de mala fe y de error. El mundo, en general, está lleno de fenómenos más ó menos convincentes; pero siempre habrá más incrédulos que creyentes, y más traidores que leales. El número de miembros entusiastas de la Sociedad Teosófica y de amigos celosos de Mad. Blavatsky, que se convirtieron en encarnizados enemigos suyos, por la decepción de sus esperanzas de granjería, es una nueva prueba de ello...
       Aunque siempre indiferente a la incredulidad, respecto de los fenómenos asombrosos- fenómenos materiales - H. P. Blavatsky, sin embargo, se resentía profundamente de la falta de confianza en sus facultades psíquicas, en sus poderes de clarividencia, y en la intuición que ostentaba cuando escribía ó discutía sobre asuntos transcendentes. En 1875 nos escribió lo siguiente, hablándonos de la invasión de su ser moral por una fuerza exterior:
       «Evidentemente os será difícil comprender este fenómeno psíquico, a pesar de los precedentes que la historia consigna. Si admitís que el alma humana, el alma vital, el espíritu puro, está compuesto de una sustancia independiente del organismo, y que no se halla inseparablemente unida a nuestros órganos internos; que esta alma, que poseen todos los seres, el infusorio lo mismo que el elefante y que cada uno de nosotros, no puede distinguirse (de nuestra sombra, que forma la base casi siempre invisible de su envoltura carnal), sino en tanto, cuanto esté más ó menos iluminada por la esencia divina de nuestro Espíritu Inmortal, admitiréis también entonces que es capaz de obrar independientemente de nuestro cuerpo. Procurad comprender bien esto, y muchas cosas hasta ahora incomprensibles, se os aclararán. Esto ha sido reconocido en la antigüedad como un hecho. El alma humana, el quinto principio del ser, recobra parte de su independencia en el cuerpo del profano durante su sueño; en un Adepto iniciado, goza constantemente de ese estado. San Pablo, el único de los apóstoles iniciado en los misterios esotéricos de Grecia, se expresa, hablando de su ascensión al tercer cielo: 'en el cuerpo ó fuera del cuerpo' , no puedo decirlo; ‘Dios lo sabe' . En el mismo sentido la criada Rhoda dice cuando ve a San Pedro: 'No es él, es su «Ángel»; esto es, su doble, su sombra' . También en los Hechos de los Apóstoles (VIII, 39) cuando el Espíritu, la fuerza divina, coge a San Felipe y se lo lleva, ¿es verdaderamente él mismo, en cuerpo y en vida, el transportado a distancia? Fue su alma y su doble, su verdadero 'ego'. Leed a Plutarco, a Apuleyo, a Jámblico. Encontraréis en ellos muchas alusiones a estos hechos, ya que no afirmaciones que los iniciados no tienen el derecho de hacer. . .
       Lo que los mediums producen inconscientemente, bajo la influencia de fuerzas extrañas, evocadas durante su sueño, lo verifican conscientemente los Adeptos obrando por métodos que conocen. . . Voila tout'.”
       De este modo nos explicaba mi hermana las visitas de su Maestro, quien no solamente la instruía y la sugería por medio de su intuición, su propio vasto saber, sino que también venía a verles en su cuerpo astral, a ella, al Coronel Olcott y a muchos otros.
       En el año 1885, por ejemplo, el Mahatma Morya se apareció a M. Vsevolod Solowoff, con quien habló, y quien ha descrito a mucha gente lo que tuvo lugar con su acostumbrada elocuencia. En cuanto a mí, sin embargo, nunca los he visto; pero no tengo el derecho de dudar de su existencia, atestiguada por personas de cuya veracidad no puede dudarse. De todos modos, estas apariciones me han parecido siempre muy problemáticas, y nunca he vacilado en manifestar esta opinión a mi hermana, que me contestaba:
«Como gustes, querida... Te deseo mejor comprensión.»
       Durante la guerra entre Rusia y Turquía, Helena Petrovna no tuvo un momento de tranquilidad. Todas sus cartas escritas en 1876-1877, estaban llenas de alarma por sus compatriotas, de temores por la seguridad de los miembros de su familia que habían tomado parte activa en aquélla.
       Olvidó sus artículos antimaterialistas y antiespiritistas, para lanzar fuego y llamas contra los enemigos de Rusia; no contra nuestros enemigos, que eran merecedores de compasión, sino contra los hipócritas mal intencionados, contra su fingida simpatía por Turquía, contra la conducta jesuítica que era una ofensa para toda persona cristiana. Cuando conoció el famoso discurso de Pío IX, en el que dijo a los fieles que «la mano de Dios podía dirigir la Cimitarra de los Bashí-bazouk a estirpar de raíz el cisma» , y daba su bendición a las armas mah6metanas en contra de la iglesia infiel griega ortodoxa, cayó enferma. Luego se desahogó con una serie de sátiras tan punzantes é ingeniosas, que toda la prensa americana y todos los periódicos antipapistas, llamaron la atención hacia ellas; y el Nuncio en Nueva York, el cardenal escocés Macklosky, creyó prudente enviar un sacerdote a parlamentar con ella. Poco provecho obtuvo, sin embargo; pues Mad. Blavatsky dio conocimiento de lo ocurrido en su próximo artículo, diciendo que había rogado al prelado que tuviese a bien dirigirse a ella por conducto de la prensa, y que entonces seguramente le contestaría.
Le enviamos un poema de Turgényeff, titulado «Croquet at Windsor», que representaba a la Reina Victoria y a su corte jugando al Croquet, usando como bolas cabezas de eslavos ensangrentadas. Inmediatamente lo tradujo, y si no me acuerdo mal, el primer periódico que lo publicó fue Thc New York Herald.
       En Octubre de 1876, dió H. P. Blavatsky nuevas pruebas de sus poderes de clarividencia. Tuvo una visión de lo que estaba pasando en el Cáucaso, en la frontera de Turquía, en donde su primo Alexander Witté, Mayor de los dragones Nijni-Novgorod, estuvo a punto de perecer. En una de sus cartas nos refirió lo ocurrido; como antes de esto nos había descrito a menudo las apariciones de personas que le participaban su muerte semanas antes de que pudiese saberlo por los medios ordinarios, no nos sorprendió gran cosa este último hecho.
       Todo el dinero que ganó durante la guerra con sus artículos en los periódicos rusos, juntamente con los primeros pagos que le hizo su editor, lo envió a Odesa y a Tiflis en beneficio de los heridos y de sus familias, y a la Sociedad de la Cruz Roja.
       En la primavera de 1878, sucedió a Mad. Blavatsky un hecho muy singular. Habiéndose puesto a trabajar una mañana como de costumbre, perdió repentinamente el conocimiento, y no volvió a recobrarlo hasta cinco días después. Tan profundo era su letargo, que la hubieran enterrado, si el Coronel Olcott y su hermana, que se hallaban entonces con ella, no hubiesen recibido oportunamente un telegrama procedente del que ella llamaba su Maestro. El mensaje decía: “No temáis nada; no está muerta ni enferma, pero tiene necesidad de reposo; se ha excedido en el trabajo. . . volverá en sí.” Cuando volvió en sí se encontró tan bien, que no quería creer que había estado durmiendo durante cinco días. Poco tiempo después de este sueño, formó H. P. Blavatsky el proyecto de ir a la India.
       La Sociedad Teosófica se organizó debidamente desde entonces en Nueva York. Los tres principales objetos eran entonces lo mismo que ahora son:
       1) Organización de una fraternidad universal, sin distinción de creencias, de razas y de posición social, en la que los miembros se comprometían a trabajar por el progreso moral, tanto de los demás como de sí mismos.
       2) Estudio general de las ciencias, lenguas y literatura orientales.
      3) Investigación de las leyes ocultas de la Naturaleza, y de los poderes psicológicos del hombre, desconocidos hasta ahora por la ciencia.
       Esta no es obligatoria; de hecho tan sólo lo es la primera; las otras dos no se Imponen.
La obra de Mad. Blavatsky y del Coronel Olcott, fue confiada en América al cuidado del más celoso y desinteresado de sus discípulos, Mr. William Q. Judge, quien actualmente es Vicepresidente de la Sociedad Teosófica. En cuanto a los Fundadores, partieron a la India en el otoño de 1878.
       Según dijeron, habían recibido la orden de sus Maestros, los guías y protectores del movimiento teosófico, de trabajar en aquel punto de acuerdo con un tal Dayanand Saravasti, un predicador indio que enseñaba monoteísmo, y que ha sido llamado el Lutero de la India.
       El 17 de Febrero de 1879, después de una larga estancia en Londres, en donde formaron el primer núcleo de su fraternidad, que por entonces prosperó, Mad. Blavatsky y el Coronel Olcott, llegaron a Bombay.
       A su llegada, la Sociedad Arya Somaj, cuyo jefe espiritual era Swami Dyanand, organizó en su honor un recibimiento que fue descrito en los periódicos angloindios, y que la misma H. P. Blavatsky refirió en su libro “In the Caves and Jungles or Hindustand”, así como también en sus cartas de aquella época; he aquí el extracto humorístico de una de ellas:
       «Imagináos a los diputados de la Sociedad que venían a saludarnos embarcados en botes adornados con coronas de flores y acompañados por una orquesta de músicos que tocaban trompetas y cuernos; apenas subieron a bordo de nuestro barco, nos rodearon. Yo rabiaba y reía a la vez, a causa del espectáculo que presentábamos a la vista de la muchedumbre reunida en el puente y en el muelle. El Coronel parecía como “un buey gordo” en un carnaval italiano; y mi poca agraciada facha semejaba, más que otra cosa, un globo cubierto de rosas y azucenas adornados de este modo, nos llevan al desembarcadero con la banda de música y demás accesorios. Luego ¡nueva sorpresa!, un grupo de bailarines del país, vestidos a semejanza de la reina Pomaré, ó sea notables por su desnudez... comenzaron inmediatamente a danzar en derredor nuestro, envolviéndonos en un círculo de desnudeces y de flores que arrojaban a nuestros pies, a la vez que nos conducían -hacia algunos carruajes, supondréis sin duda- ¡Ay, no!, hacia un elefante blanco. ¡Dioses del Olilnpo! lo que me costó subir sobre el lomo de este coloso arrodillado, apoyándome para ello en las espaldas de los coolíes a modo de una escala viva. Me agarré de las columnas del howdah para evitar una caída cuando la enorme bestia se levantase. Nuestros compañeros, más afortunados que nosotros, fueron llevados en palanquines por los mismos coolíes, los animales humanos do carga del país: así, obsequiados con flores, festejados con el toque de tambores y acompañados de una multitud curiosa y burlona, fuimos conducidos como los «monos sabios» ó los acróbatas en una feria, a una casa preparada para nuestras humildes personas, por los demasiado hospitalarios miembros de la Arya Samaj .
       A pesar de este gran recibimiento, la vida que hicieron fue dura en un principio. Trabajaban dieciocho horas al día; Olcott viajaba la mayor parte del año, fundando ramas de la Sociedad Teosófica, que arraigaban pronto en aquel suelo congénito de las creencias orientales; y Mad. Blavatsky apenas abandonaba su mesa de trabajo, escribiendo noche y día, preparando material para su proyectado periódico The Theosophist, que salió a luz aquel mismo año, y escribiendo también artículos para periódicos ingleses, americanos y rusos, a fin de proporcionarse recursos. Desde el principio fueron molestados por la administración anglo-india, a quien no gustaban los teósofos, siendo inscritos en los libros negros y tratados como espías y propagandistas del gobierno ruso.
       Hay que tener en cuenta que, precisamente por aquel tiempo, existía gran excitación en Inglaterra respecto de la suerte del Afganistán, a causa del éxito alcanzado por las armas rusas en las regiones transcaspianas.
       Los ingleses se habían hecho más desconfiados y estaban más llenos de rusofobia que nunca. En vano protestaban los pobres teósofos, y hacían presente a las autoridades que su misión sólo tenía que ver con la filosofía y absolutamente nada con la política. Fueron puestos bajo la vigilancia de la policía, la cual no perdía de vista sus movimientos y abría su correspondencia... Tanto peor para el gobierno de la reina Victoria; pues H. Petrovna Blavatsky echó leña al fuego. No puso freno alguno a sus sentimientos en sus cartas, é indudablemente los funcionarios tuvieron el gusto de leer en ellas muchas verdadero que debieron mortificar su vanidad. . .
       Por último, algunos amigos en Londres y los periódicos tomaron a su cargo el asunto, y fue suspendida la vigilancia de la policía; sobre todo, gracias a una carta que Lord Lindsay, miembro de la Sociedad Real y Presidente de la Sociedad Astronómica de Londres, escribió a Lord Lytton, virrey de la India, la cual le hizo avergonzarse de perseguir a una mujer y a otras cuantas personas dedicadas a estudios abstractos de carácter moral.
       A pesar de los prejuicios que existían en contra suya en la Sociedad anglo-india, Mad. Blavatsky hizo amistades en ella, especialmente entre los que, por dedicarse a la literatura, eran capaces de tomar interés en los problemas que la ocupaban. Pronto fue solicitada de los círculos elevados, especialmente después que el Pioneer y el Indian Mirror (el primero órgano del gobierno) publicaron las palabras pronunciadas por el virrey Lord Lytton, en un banquete oficial después de leer sus obras; he aquí lo que dijo:
“Sólo conozco una persona en el mundo que en ciencias abstractas pueda compararse con el autor de Zanoni (el padre del mismo Lord Lytton), y es Mad. Blavatsky.”
       Las visitas, los banquetes, los bailes y todas las exigencias de la sociedad, eran en extremo enfadosas para Helena Petrovna, pero hizo todo lo posible por corresponder a ellas en pro de la Sociedad Teosófica. Pasaba la temporada de verano en las montañas, tomando parte algunas veces en los viajes del Coronel Olcott; pero más a menudo permanecía con sus amigos, ocupada siempre en escribir.

       Pasó un verano en SimIa invitada por uno de sus nuevos amigos, Mr. Sinnett, editor del Pioneer, y por su esposa. Allí fue donde Madame Blavatsky cometió el gran error de realizar ciertos fenómenos en presencia de varias personas que se lo habían rogado, teniendo Mr. Sinnett la imprudencia de publicar en su periódico el relato de estos fenómenos, antes de dar a conocer aquellos «hechos» -en los cuales creía tan sinceramente -en su muy conocido libro The Occult World (El Mundo Oculto).
       Esto produjo discusiones sin fin. El clero protestó, no sin razón, contra «esta propaganda anticristiana, fundada en juegos de manos» . Las calumnias contra los fundadores de la Sociedad Teosófica se recrudecieron. Se llegó hasta a asegurar que, no tan sólo era ella una espía, sino también un impostor, “una sirvienta de la difunta Mad. Blavatsky, cuyos papeles había cogido y cuyo nombre usaba.”
       Todos estos ataques sirvieron para agravar sus padecimientos, que la hacían sufrir terriblemente.
Vióse precisada a recurrir a la autoridad de sus parientes y amigos de Rusia, para probar su identidad. El Príncipe A. M. Dondoukoff-Korsakoff, entonces Comandante en Jefe del Cáucaso, le escribió una carta muy cariñosa en la que se mostraba como amigo suyo de la juventud, y le incluía un certificado de identidad que se publicó en casi todos los periódicos anglo-indios, con gran satisfacción de sus amigos.
       Pero ¡ay! tenía más enemigos influyentes que amigos. La Sociedad Teosófica contaba por miles sus partidarios entre los naturales del país, entre los que no tenían cargos oficiales; pero contaba muy pocos conversos entre las clases directoras de la India. Los ingleses, sujetos por sus compromisos oficiales, o por su posición social, se contentaban en su mayor parte con tomar un interés general en el movimiento y en las enseñanzas en particular; pero no querían tener nada que ver con diplomas y demás; y no siendo miembros de la Sociedad, se apresuraron a repudiarla cuando la vieron en baja. Los que deseen conocer los detalles de lo que tuvo lugar durante la estancia de H. P. Blavatsky en la India, pueden enterarse leyendo lo que sobre el particular han escrito Olcott, Sinnett y otros testigos presenciales.
       Por último, la adhesión de los naturales del país, ricos é influyentes, a una fraternidad que confirmaba las verdades que son el fundamento de sus creencias, ya fueran brahmanes ó buddhistas, irritaron a los misioneros hasta tal punto, que parecía que habían llegado a olvidar la caridad cristiana. Vieron claramente que Mad. Blavatsky, bien fuese sincera ó
hipócrita, maga o encantadora, era la fuerza y el alma de la Sociedad Teosófica, y en su consecuencia, dirigieron sus ataques contra ella. Ella no había abrazado abiertamente el Buddhismo, como lo había hecho el Presidente de la Sociedad, pero proclamaba la igualdad y unidad de todos los sistemas religiosos. Por esto mismo era más peligrosa que el Coronel, autor de un catecismo buddhista aprobado por Sumangala, el Sacerdote Superior de Ceilán. Desde aquel momento, por tanto, fue ella el punto de ataque de los enemigos de la Teosofía, y la cabeza de turco de la Sociedad.
       Un trabajo de dieciocho horas diarias, los insultos y vejaciones constantes que sufría, y el cansancio mental, unido todo a su enfermedad crónica, agravada por las malas condiciones del clima, la condujeron por fin al borde del sepulcro. Durante los cinco años que H. P. Blavatsky pasó en la India, no tuvo menos de cuatro ataques de su enfermedad, tan graves, que en cada uno de ellos, los mejores doctores de Bombay y de Madrás, diagnosticaron que no era posible que viviese; pero siempre recibía alguna ayuda inesperada y rara en ocasiones. Una vez de un doctor natural del país; otra de un yogi brahman ó de un pobre «paria», demacrado por los ayunos y austeridades. Se presentaban sin haber sido llamados, y le ofrecían sus remedios que resultaban eficaces, Luego, a la hora señalada, caía en un sueño profundo, del cual, según los médicos europeos, debía pasar a la agonía; y en lugar de esto, se despertaba después de haber dormido largo tiempo como si nada hubiera tenido. En dos ocasiones, sin embargo, las cosas pasaron de otro modo. Se presentaron visitadores extraños, desconocidos é inesperados que se hicieron cargo de ella, y se la llevaron no se sabe dónde.
       Muchas personas atestiguan estos hechos, además de que sus propias cartas los prueban claramente, Tengo una de ellas delante, desgraciadamente sin fecha, según era su costumbre cuando nos escribía a su tía y a mí. En esta carta nos comunicaba que estaba pasando una gravísima enfermedad; un «chela» (un discípulo de los Maestros y estudiante de las ciencias ocultas) le había traído la orden de uno de los Adeptos de seguirlo, y nos rogaba que no nos inquietásemos por su silencio, que necesariamente se prolongaría, puesto que el lugar en donde tenía que pasar algún tiempo para reponerse, estaba muy lejos de los correos y telégrafos.
       Tengo también una carta dirigida desde Meerut, más allá de Allahabad. Esta fue escrita en Mayo de 1881, después de una grave enfermedad sobre la cual nos habían escrito los que se hallaban con H. P, Blavatsky, que nos preparásemos para lo peor. Sus amigos iban a llevarla al campo: se hallaba convaleciente y muy débil aún, cuando recibió la "orden" de dejar los caminos transitados y de internarse en las montañas.
Allí encontraréis ciertos individuos -le dijeron- que os guiarán a los bosques sagrados de Deobend. Pero a la mitad del camino le sucedió un accidente que le acarreó una recaída en su enfermedad. He aquí unas cuantas líneas de una carta que me escribió tres semanas después:
       "Perdí el conocimiento, y no conservo recuerdo alguno de los hechos ni de los sitios; todo lo que sé, es que fui llevada en un palanquín, en el que iba acostada, a una gran altura. A la tarde siguiente volví en mí, así me lo dijeron, pero solo por un corto momento. Me encontré acostada en una habitación espaciosa, tallada en roca dura y completamente vacía, a excepción de algunas estatuas de Buddha y de unos braseros encendidos que ardían alrededor de mi cama, en que había vasos de los que se desprendían vapores de olor agradable. Un anciano completamente blanco se inclinaba sobre mí, dándome pases magnéticos que sumían mi cuerpo en un bienestar indescriptible. Apenas tuve tiempo de reconocer a Delo Durgal, el anciano Lama del Tibet, a quien había encontrado en el camino unos días antes, y que me había dicho que nos volveríamos a ver pronto."
       Esto aludía a su carta anterior en que hablaba de este encuentro.
       Luego que reconoció al Lama tibetano, mi hermana cayó nuevamente en uno de sus extraños sueños, y no volvió a recobrar el conocimiento hasta que de nuevo se encontró al pie de la montaña, en el pueblo en que sus amigos europeos la esperaban.
       Nunca fue permitido a sus amigos ingleses, ni aun siquiera a los naturales, que la siguiesen en estas expediciones misteriosas, en que se suponía que iba a ver a sus Maestros; a pesar de esta convicción abrigada por los que la rodeaban, nunca nos escribió que los visitase; sin embargo, he encontrado una de sus primeras cartas (escrita en 1879), en la que relata la participación del Mahatma Morya en uno de sus viajes con el Coronel Olcott entre las bóvedas y ruinas de antiguos templos, que es de gran interés.
En la primavera de 1881, H. P. Blavatsky cayó gravemente enferma al recibir las fatales noticias de lo que había sucedido en Rusia el 13 de Marzo de aquel año.
       "¡Dios de bondad, qué sangrientos horrores!"-nos escribió- ¿Van a venir los últimos días de Rusia. . . o es que el mismo Satán ha encarnado en sus hijos, en el miserable aborto de mi pobre país? Después de este crimen sin precedente, ¿que va a suceder? ¿Dónde están los rusos de los tiempos pasados? ¿Adónde va a parar mi Rusia querida? Sí, yo soy una renegada; sí, soy una buddhista, una atea, una republicana, según vosotros, ¡pero me siento desgraciada, profundamente desgraciada por esta monstruosidad! ¡Oh, cómo los compadezco a todos; a nuestro Zar martirizado, a su desgraciada familia, a toda Rusia!
       "Malditos sean esos monstruos, esos nihilistas, esos necios temerarios.
      "Cómo os reiréis de mí, la ciudadana republicana, el esprit fort que se había libertado de las preocupaciones de su país; pero en este momento de profundo estupor, siento una vergüenza tan intensa por mis compatriotas, una lástima tan profunda por la víctima de sus crueles locuras, una desesperación tan grande, que desafío al servidor más fiel de nuestros zares, que jamás haya abandonado su país natal, a que pruebe que sufre más que yo."
       Y lo probó cayendo mala.
       Su periódico, The Theosophist, apareció enlutado. Esta era una bondadosa atención de parte del Presidente de la Sociedad Teosófica, pues ella por sí no estaba en situación de pensar en tales cosas. Apenas se reaccionó de su primer estupor, se puso a escribir un hermoso artículo para The Pioneer, en el que refería todos los actos de bravura, bondadosos y humanitarios, ejecutados por Alejandro II, y sintió gran placer cuando toda la prensa anglo-india se hizo eco de lo que decía. Contestando a ciertas malévolas observaciones de dos órganos clericales que aludían a la «ciudadana americana y a su periódico enlutado por la muerte de un autócrata», H. P. Blavatsky dirigió una respuesta colectiva al Bombay Gazette, de donde la reprodujeron otros periódicos.
       Mis buenos amigos cometen un error" -escribió- "no ha sido como súbdita del Zar de todas las Rusias como me he vestido de luto, sino como rusa, de nacimiento, como una unidad entre los millones de mis compatriotas, a quienes este hombre bueno y misericordioso ha cubierto de beneficios, y a quienes ha dejado sumidos en profundo duelo.
Hago esto por mi deseo de atestiguar mi simpatía, mi respeto y mi sincero dolor por la muerte del Zar de mis parientes, de mis hermanos y hermanas de Rusia, que siempre me serán queridos hasta mi último aliento!".
       En el invierno de 1881-82, la comunidad teosófica transportó sus reales de Bombay a Adyar, a una propiedad cerca de la ciudad de Madrás, comprada con las dádivas de todos los miembros de la Sociedad que deseaban dotar a los fundadores y a su estado mayor de una casa propia permanente. Allí vive el Presidente aun hoy día, y allí fue también donde Mad. Blavatsky pasó los dos últimos años que vivió en la India y donde se celebró en aquel mismo año, con especial solemnidad, el primer septenario de la fundación de la Sociedad. Digo "especial solemnidad" porque el número siete es muy importante en las creencias teosóficas, y como estos aniversarios son numerosos en Adyar, en Nueva York y en Londres, los que contienen este número son doblemente señalados.
       Durante los frecuentes viajes del Coronel Olcott y de Mad. Blavatsky, eran recibidos siempre con gran pompa por los naturales del país por donde transitaban; pues todos los indios les eran adictos, tanto porque sus traducciones de los libros sánscritos de la antigua literatura aria habían contribuido mucho a su popularidad, cuanto por los esfuerzos que habían hecho para suprimir las barreras entre las castas, y también por lo que habían llevado a cabo con objeto de modificar el desprecio injusto con que los anglo-indios trataban a los naturales, hasta a los brahmanes instruidos. En esta obra, según la opinión de los naturales, la Sociedad había alcanzado un éxito considerable. Sin embargo, en ninguna parte eran los teósofos tan festejados como en Ceilán. Cada vez que pisaban aquel suelo, el pueblo buddhista estaba de fiesta, y conducido por sus sacerdotes, organizaba recibimientos triunfales.
       En interés de los singaleses, ideó el Presidente un viaje a Europa y especialmente a Londres, para hacer al Parlamento una petición en su favor.
Hacia fines de 1883, se encontró H.P.Blavatsky bastante mejor de salud, gracias a la bondad del clima y a la circunstancia de tener una buena casa en que vivir. Sin embargo, su salud dejaba mucho que desear, y todos sus médicos convinieron en que un cambio temporal le haría mucho bien. Por tanto, se decidió que acompañaría al Presidente, y desde entonces empezó Helena a acariciar el proyecto de volver a ver a sus parientes. Inmediatamente nos escribió; y luego, en el mes de Diciembre, partieron de Bombay.
Antes de dejar la costa de la India, tuvo mi hermana tres visiones consecutivas que le indicaron la muerte de su tío, el general Rostilav Fadéew, que murió en aquella misma época en Odesa.
       Como sabíamos que estaba próxima a partir, y estábamos además trastornadas por la desgracia aludida, tanto su tía como yo descuidamos el participarle lo que había sucedido. Desconocía, pues, la enfermedad de su tío, cuando él mismo fue a decirle que sus penas habían terminado.
       Las dos ó tres cartas de Mad. Blavatsky fechadas a principios de Enero de 1884 (el general Fadéew murió el 29 de Diciembre), prueban de una manera concluyente la verdad de estas visiones, al paso que las palabras desde más allá de la tumba, que oyó pronunciar a este hombre, que era estimado y considerado por todos los que le conocieron, tuvieron para ella una significación singular.
       Ella tenía una fe implícita en la verdad é importancia de las visiones de esta naturaleza, no provocadas sino procediendo de la iniciativa del que había muerto. Toda su vida las había experimentado, y casi todos los miembros de nuestra familia tenían el mismo privilegio.
 
       Ya en Europa, Mad. Blavatsky se vió asediada de invitaciones. Los teósofos de Londres y París y sus amigos de todos los países, deseaban tenerla a su lado; pero su idea era ver a sus parientes más allegados, y a este propósito, después de descansar en Niza, en casa de la Duquesa de Pomar (Lady Caithness), Presidente de la Rama Oriental y Occidental de la Sociedad Teosófica de París, se estableció en esta última ciudad en una pequeña casa que tomó, a fin de recibirnos bajo su propio techo, a mi tía y a mí; pues sabía que no había de agradarnos el aceptar ninguna otra hospitalidad más que la suya. Fatigada por los curiosos y por los periodistas más que por los amigos y que por la gente seriamente interesada en sus enseñanzas, resolvió marcharse, aceptando la invitación de Mr. y de Mad. d'Adhémar, que poseían una villa encantadora cerca de Enghien. En el Lucifer (revista fundada luego por H. P. Blavatsky en Londres) de Julio 1891, leí una preciosa carta de la Condesa d 'Adhémar, en la que exponía sus recuerdos acerca de los fenómenos musicales, producidos por Mad. Blavatsky durante su visita, en presencia de varias personas.
       Siento que los límites de este artículo me impidan trasladar esta carta en toda su extensión, así como también muchas otras, que serían indudablemente más convincentes para los lectores, que las afirmaciones de una hermana. Espero, sin embargo, que podré hacerlo algún día, a fin de desengañar al público respecto de las acusaciones calumniosas hechas contra Mad. Blavatsky por personas dispuestas en contra suya; antiguos discípulos en su mayoría, quienes viendo frustradas sus esperanzas de resultados milagrosos inmediatos, se hicieron enemigos encarnizados suyos.
     Había siempre sobrada gente necia que esperaba recibir dones ocultos con sólo pedirlos, y personas mercenarias que estaban dispuestas a prestar su ayuda y apoyo a H. P. Blavatsky, a cambio de cantidades de dinero más ó menos importantes. Así que vieron que ni podía ni quería pagarles, ya fuese en dinero efectivo ó en poderes ocultos, se convirtieron en enemigos mortales suyos, a menudo nada escrupulosos.
Pasé seis semanas del otoño de 1884 en París con mi hermana. Todo este tiempo estuvo rodeada de multitud de gente, no sólo de los que habían venido de América, de Inglaterra y de Alemania, expresamente para verla y hablarle de asuntos relacionados con la Teosofía, sino también de numerosos parisienses interesados en las enseñanzas, y particularmente en los fenómenos que constantemente tenían lugar a su alrededor.
La Sociedad Teosófica de Europa se hallaba entonces en su infancia.
       Aun en Londres no había más que una veintena de miembros sinceros y adictos a la causa; en Alemania no había ni siquiera una rama debidamente organizada; en París existían, a la verdad, dos logias, pero entre las dos no sumaban más de veinte ó treinta miembros, mientras que las «ramas matrices de Nueva York y de Adyar» se disolvían a menudo por las disenciones de sus miembros, y no prometían nada bueno respecto de su futura prosperidad. Sin embargo, entre los que constantemente nos visitaban en nuestra casa, 46, Rue Notre Dame-des-Champs, había algunas personas eminentes. Me acuerdo haber visto allí a muchos savants, doctores en medicina y en otras ciencias, magnetizadores y clarividentes; algunas damas más ó menos versadas en literatura y en las ciencias abstractas, y además muchos compatriotas nuestros de ambos sexos. Entre todas estas personas, recuerdo los nombres de C. Flammarion, Leymarie, de Baissac, Richet, Evette el magnetizador, el discípulo y amigo del Barón Dupotet y Mr. Vsevolod Solovioff, el escritor ruso, uno de sus visitadores más asiduos, y que más protestas de adhesión hacía siempre a la causa y a la persona de Mad. Blavatsky. Entre las señoras se encontraban: la Duquesa de Pomar, la Condesa d'Adhémar, Mad. de Barreau, madame de Morsier, Mdlle. de Glinka y muchas otras francesas, rusas, inglesas y americanas.
El Coronel Olcott y Mr. Judge, este último llegado de Nueva York, nos referían historias numerosas de los fenómenos más maravillosos que habían presenciado; nosotros, sin embargo, no vimos ninguno, sino de los relacionados con la psicología, exceptuando una o dos veces que oímos sonidos armoniosos producidosá voluntad por Helena Petrovna; también en otra ocasión no sólo leyó psicométricamente una carta sellada, sino que habiendo dibujado con lápiz rojo una flecha y una estrella teosófica en una hoja de papel, hizo que se reprodujera el mismo dibujo en el sitio que se le determinó en la carta cerrada que se hallaba dentro de un sobre y doblada en cuatro. Esto fue asegurado con la firma de seis ó siete testigos, entre ellos Mr. Solovioff, quien describió lo sucedido en el periódico ruso Rebus, del 1º de Julio 1884, bajo el título de «Fenómenos Interesantes».
       Otro también hubo, que yo misma describí entonces. Fue la aparición y desaparición repentinas -sin que quedara la menor señal de ello- de un artículo de un periódico ruso publicado en Odesa tres días antes de que apareciese en el libro de notas de mi hermana, en el cual acostumbraba copiar todo la que respecto de ella se escribía. Aquella misma mañana habíamos todos leído con gran asombro aquel artículo (pues las cartas de Odesa a París tardaban de cuatro a cinco días en llegar a nuestras manos), y en la tarde del mismo día no quedaba el menor vestigio en el libro, que estaba encuadernado y sus páginas numeradas. La desaparición del artículo en cuestión, no había interrumpido la serie de las páginas consecutivas.
A excepción de estos dos hechos palpables, fenómenos materiales, por decirlo así, nunca, que yo me acuerde, le vi producir más que fenómenos psicológicos, tales como clarividencia, psicometría y clariaudiencia. Por lo que a mí respecta, jamás recibí carta alguna de los Adeptos, ni nunca he percibido ni tenido ocasión de percibir, como muchos otros tuvieron aparición alguna, ni luces, ni cartas cayendo de las nubes. No es que ponga en duda su testimonio; lejos de esto, me hallo dispuesta a creerlos; pues por lo que puedo juzgar, nadie tiene el derecho de negar la creencia de los demás, por el solo fundamento de su ignorancia ó falta de percepción; pero yo no puedo exponer otra cosa que lo que yo misma he presenciado.
       Esto, sin embargo, no es obstáculo para que recite las experiencias que otros, más afortunados ó mejor dotados que yo, me han referido.
       Imposible, no obstante, sería relatar todas las historias referidas por los discípulos más allegados a mi hermana, é innecesario es hacerlo, puesto que todos los periódicos teosóficos han publicado y vuelto a publicar las que atestiguan los Sres. Olcott, Sinnett, Judge y muchos otros; pero citaré un testimonio que nunca ha sido publicado por la prensa inglesa ni francesa. Aludo a los notables fenómenos que Mr. Vs. Solovioff ha descrito en muchas cartas.
       Después de permanecer el mes de Septiembre de aquel mismo año con mi hermana en Elberfeld, adonde fue para verla, me escribió una larga carta acerca de una entrevista que le había concedido el Mahatma Morya, así como también respecto de las visiones que había tenido previamente a la aparición de este gran Adepto. No describiré en detalle lo que tuvo lugar, porque él envió un relato de ello al Journal of the Society of Psychical Research de Londres; lo que sigue es lo que me escribió en contestación a mis preguntas acerca de la autenticidad de la aparición, en Noviembre 21 de 1885:
       «Esto es un hecho más. Recibí (en Würtzbourg) al mismo tiempo, con no poca envidia de todos los teósofos, una carta autógrafa del Mahatma Koot-Hoomi, escrita en ruso. No me sorprendió en lo más mínimo cuando encontré esta carta precisamente en el libro que tenía en la mano. Tenía un presentimiento de que iba a suceder: lo sabía de antemano. Lo que sí
me admiró, sin embargo, fue que en ella se hablaba de un modo claro y conciso de las mismas cosas que habíamos estado discutiendo en aquel momento, dándoseme la contestación precisa a mis preguntas poco antes formuladas, y a pesar de que me hallaba algo apartado de los demás y nadie se había aproximado a mí. Aun cuando alguien hubiese podido poner la carta en el libro, el individuo que lo hizo debía dominar mi pensamiento y hacerme pronunciar las palabras que había dicho, para yo poder encontrar en ella la contestación exacta. Este fenómeno lo he observado a menudo en mi propio caso y en el de otros.»
       Los poderes ocultos de Mad. Blavatsky eran grandes, sin duda alguna.
       Sin embargo, nadie, que yo sepa, ha atribuído jamás sus facultades a sugestión hipnótica, como parece dar a entender Mr. Solovioff. Además, esta hipótesis no puede sostenerse, porque muchas veces las cartas de los Mahatmas y de Mad. Blavatsky, han sido examinadas por peritos que siempre han declarado que las escrituras eran diferentes, a lo cual hay que añadir que Mr. Solovioff no ha sido el único que ha recibido tales cartas, exactamente bajo las mismas condiciones. El Dr. Hubbe Schleiden, editor de The Sphinx, y muchos otros que pueden probarlo, han recibido estas cartas en ausencia de Mad. Blavatsky.
       Volviendo al testimonio de Mr. Solovioff, concluye su carta del 21 Noviembre con estas palabras: «Cuando termine su vida, vida que, estoy convencido, sólo está sostenida por algún poder mágico, sentiré durante toda mi existencia a esta mujer tan desgraciada como notable» . Verdaderamente, bien podía expresarse así, pues más que otro alguno había tenido pruebas de sus poderes extraordinarios. He aquí unas cuantas líneas de otra carta suya, escrita en Diciembre 22 de 1884, cuando mi hermana hacía dos meses que se hallaba en la India y él vivía en París.
       "Concluida mi comida; fui a mi cuarto por un cigarro. Subí, abrí la puerta, encendí la luz. . . ¿qué es lo que vi? A vuestra hermana Helena Petrovna con su vestido negro, Me hizo un saludo, se sonrió y me dijo: ¡Aquí estoy! y desapareció. ¿Qué significa esto? »
       Como suceso, no tenía nada de particular. Mi hermana deseaba, de una vez, devolver en cuerpo astral las frecuentes visitas que en varias ocasiones le había hecho Mr. Solovioff en cuerpo físico, en París, en Elberfeld y en Würtzbourg.
       En Junio y en el mismo día, dejamos a París mi tía, N. A. Fadéw, y yo para dirigirnos a Odesa y Mad. Blavatsky a Londres, adonde la invitaban con urgencia. Allí estuvo muy ocupada, tratando de establecer una rama permanente de la Sociedad, bajo la presidencia de Mr. Sinnett, y aun cuando sus males no la abandonaban, dedicó mucho tiempo a los que iban a verla por curiosidad, y a la vida de sociedad. Desde el principio fue obsequiada y adulada, organizándose en honor suyo grandes reuniones. En una de éstas hubo cerca de mil personas en Princess Hall, y le fueron presentadas más de trescientas. Entre éstas se hallaban el profesor Crookes, Lord Cros, el Ministro de la India y la que había sido amiga de ella, su compatriota
Mad. Olga Aleksévna Novikoff. Sinnett pronunció un buen discurso poniendo en las nubes la energía y sabiduría de Mad. Blavatsky, el trabajo incesante del Coronel Olcott, y los principios hermosos y humanitarios que eran la base de sus enseñanzas. Desgraciadamente la salud de Mad. Blavatsky no era a propósito para soportar la incesante fatiga de su obra, juntamente con las atenciones sociales y con las malas noticias, además, que recibía de Madrás. Aludo a la bien conocida conspiración de sus criados, el carpintero Coulomb y su mujer, quienes vendieron cartas falsificadas al periódico del Colegio Cristiano de Madrás, enemigo jurado de la Sociedad Teosófica, y sobre todo de su fundadora, y quienes en la ausencia de Adyar de los dueños, se pusieron a construir en la habitación de Mad. Blavatsky, puertas secretas y armarios con fondos falsos, todo lo cual nunca pudo ella haber ordenado; pues aun cuando hubiera deseado engañar a sus visitantes por tales medios, no hubiera cometido la locura de hacer construir estos arreglos secretos en su ausencia. Todas estas fábulas, bien pagadas por sus adversarios, vinieron a parar en la triste historia de la publicación de «Los fraudes de Mad. Blavatsky, la impostora más grande de la época», citando las palabras de la exposición de la Sociedad Psíquica de Londres. Esta exposición se ha demostrado una y otra vez, que es por completo falsa en todos sus detalles por muchas personas, quienes, profundamente versadas en Ocultismo y en las enseñanzas teosóficas, fueron inmediatamente a investigar el asunto en el punto mismo; pero las historias escandalosas, especialmente las que envuelven acusaciones, son muy difíciles de desarraigar. No cabe duda que las afirmaciones de la Sociedad Psíquica -traducidas como fueron a todos los idiomas- servirán durante mucho tiempo, como un arma en manos de los enemigos de Mad. Blavatsky, mientras que las refutaciones de sus discípulos adictos, mucho más al corriente de todos los detalles de la conspiración; permanecerán en gran parte impotentes a causa de la falta de publicidad; pues sólo han aparecido en los periódicos teosóficos, muy poco leídos por el público en general.
       Tengo en mi cartera toda una serie de artículos, escritos por los amigos de Mad. Blavatsky en su favor, que ningún periódico ruso publicaría por temor a la polémica. Contestando a una alusión del Novoie Uremia, sobre esta misma exposición de la Sociedad Psíquica, una veintena de miembros de la Sociedad Teosófica de Londres, que conocían a fondo toda la intriga, enviaron un comunicado colectivo al editor, pero este comunicado nunca se publicó, y el artículo difamatorio continuó apareciendo en aquel periódico, fundado en las calumnias de la Sociedad Psíquica.
       La malevolencia del «Colegio Cristiano» llegó al punto de afirmar que H. P. Blavatsky no se atrevería jamás a volver a la India, pues no solamente había sacado el dinero a sus engañadas víctimas, sino que también había robado la caja de su propia Sociedad Teosófica. ¡Ella, que había destruido su salud en sus esfuerzos por la Sociedad! ¡Ella, que había dado toda su fortuna, su vida y su alma por aquélla! Basta esta declaración de un llamado periódico «Cristiano», para probar la perfidia de sus adversarios.
Apresuróse a volver a la India, aun cuando sólo fuera para desmentir a sus perseguidores. En Ceilán y aun en Madrás mismo, le hicieron un recibimiento espléndido. Los estudiantes de los colegios de Madrás le presentaron una exposición de las más lisonjeras, con ochocientas firmas.
       Ciertamente fue una demostración de las más elocuentes, que la consoló no poco de sus amarguras.
Sin embargo, la tempestad creció. Cuando Helena Petrovna se posesionó de su habitación en Adyar, exhaló tales gritos de indignación, que hicieron acudir apresuradamente a sus compañeros de viaje, Mr. y Mrs. Cooper-Oakley; la vista del extraño trabajo del carpintero Coulomb la había llenado de estupefacción. (Mrs. Cooper-Oakley, ha descrito esta escena y lo que se siguió, en un artículo en el Lucifer de Junio 1891, en el que habla de su viaje de Londres a Madras). En una palabra: sus enemigos habían hecho tanto y tan bien, que cayó mala, hasta llegar a las puertas de la muerte. Esta vez su restablecimiento fue realmente milagroso, y todos los testigos lo han declarado. Por la tarde su médico la dejó moribunda; pero cuando volvió por la mañana, tan sólo con objeto de certificar su muerte, se la encontró tomando una taza de leche. El médico apenas daba crédito a sus ojos. Todo lo que ella le dijo, fue: "Eso es porque usted no cree en el poder de nuestros Maestros".
       El peligro inmediato había pasado, pero, sin embargo, se hallaba tan débil, que hubo necesidad de llevarla en una silla de inválido y subirla casi inconsciente a bordo de un vapor que salía para Italia, pues todos los médicos opinaron que los calores próximos le serían fatales.
 
       Los primeros meses del verano que Mad. Blavatsky pasó cerca de Nápoles, en Torre del Greco, fueron meses de sufrimiento. Se sentía enferma, sola y abandonada, y lo que es peor, temía por la prosperidad de la Sociedad Teosófica, a causa de su propia impopularidad, y de las calumnias que constantemente fraguaban contra ella. Pero a la primera indicación que hizo de dimitir, se levantó una unánime protesta en América, en Europa y principalmente en la India. El Presidente era impotente para calmar a los descontentos que con vehemencia pedían la vuelta de H. P. Blavatsky para que de nuevo se pusiese al frente de los asuntos de la Sociedad, y de los intereses teosóficos en general. En vano trató ella de demostrarles que realmente podría prestar un servicio mayor al movimiento, dedicándose en la reclusión y apartada de los negocios y disturbios, a escribir su nueva obra La Doctrina Secreta. Le contestaron con manifestaciones de adhesión y con súplicas para que fuese a Londres, a Madras y a Nueva York, añadiéndola que donde quiere que se estableciese sería bien recibida, tan sólo con que volviese a hacerse cargo de la dirección del movimiento. En cuanto a dejarlos, no debía ni por un momento ocurrírsele, porque, según la opinión unánime, su alejamiento significaría la dispersión y muerte de la Sociedad Teosófica.
       Tan pronto como se supo que una de las acusaciones más necias contra H. P. Blavatsky, era que los Mahatmas no existían, y que sólo eran creación suya, inventada para engañar a los crédulos, cientos de cartas llegaron a sus manos de todas las regiones de la India, suscritas por personas que aseguraban haber tenido conocimiento de ellos antes de haber oído cosa alguna sobre la Teosofía. Finalmente vino una carta de Negapatam, la morada de los pundits, con las firmas de setenta y siete de sus sabios, afirmando enfáticamente la existencia de esos seres superiores, demasiado bien conocidos en la historia de las razas arias, para que sus descendientes pudiesen dudar de su existencia. (Boston Courrier, Julio, 1886)
       Y Helena me escribió de Wurzburg, en donde se había establecido durante el invierno:
       «Creo que la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Londres, ha percibido repentinamente la posibilidad de hacerme pasar por una charlatana. Particularmente desean evitar a toda costa diferencias con la ciencia ortodoxa de Europa, y por consiguiente, es imposible para ellos reconocer los fenómenos ocultos como genuinos, y como resultado de fuerzas desconocidas de los hombres científicos. Si lo hiciesen, tendrían inmediatamente en contra suya toda la falange de los doctores de la Ciencia y de la Teología. Ciertamente el plan mejor para ellos es atropellarnos a nosotros los teósofos, que no tememos ni al clero ni a las autoridades académicas, y que tenemos el valor de nuestras opiniones. Así, pues, antes que excitar las iras de los pastores de todos los corderos de Panurgo de Europa, ¿no es preferible disculpar a mis discípulos (pues hay entre ellos
muchos a quienes hay que cuidar), y condolerse con ellos de que son mis pobres víctimas engañadas, y ponerme a mí en el banquillo del arrepentimiento, acusándome de fraude, de espionaje, de robo y de cuanto es posible? ¡Ah! reconozco mi destino habitual; ¡tener la fama ,sin el provecho!. ..
       ¡Si al menos hubiese podido tan sólo haber sido útil a mi amada Rusia!
       ¡Pero no! El único servicio que he tenido la oportunidad de hacerle, ha sido negativo; siendo mis amigos personales los editores de ciertos periódicos en la India, y sabiendo que cada línea escrita contra Rusia me causaba dolor, se abstuvieron de atacarla tan a menudo como de otro modo lo hubieran hecho... ¡He ahí todo lo que he podido hacer por mi país, que para siempre he perdido!»
       Su gran consuelo en su destierro, eran las cartas y visitas de sus amigos que sabían donde encontrarla en las profundidades de la Alemania, en donde se había refugiado buscando la quietud para poder escribir en paz su libro. Las cartas mostraban todas confianza y amistad; de las visitas, le causaban el mayor placer las de sus amigos rusos. Entre ellos estaban su tía, de Odesa, y M. Solovioff, de París. Este último recibió estando allí una carta del Mahatma Kut-Humi, y salió para París entusiasmado con su visita y las cosas extraordinarias qne había presenciado en Würzburg: tan así, que escribió carta sobre carta en el estilo de la siguiente:
 

« París, 8 de Octubre 1885.

»MI QUERIDÍSIMA HHELENA PETROVNA :
 
       »Estoy en correspondencia con Mad. Adam. Le he hablado mucho de usted, le he interesado muchísimo, y me dice que su Review abrirá en lo sucesivo sus columnas, no sólo a los artículos teosóficos, sino también a su propia justificación de usted si es necesario. Le he alabado a Mad. de Morsier (esta señora era antes muy adicta a Mad. Blavatsky y a sus enseñanzas); da la coincidencia de que actualmente tiene en su casa a un huésped que habla conmigo en el mismo sentido. Todo marcha lo mejor posible.
He pasado la mañana con el Dr. Richet, y también le hablé de usted con respecto a Myers y a la Sociedad de Investigaciones Psíquicas. Puedo decir que he convencido a Richet de la realidad de vuestros poderes personales y de los fenómenos que tienen lugar por medio de vuestra agencia.
       Me hizo tres preguntas categóricas: a las dos primeras contesté afirmativamente; en cuanto a la tercera, le dije que sin duda alguna podría darle una contestación afirmativa dentro de dos ó tres meses. No dudo que así sucederá, y entonces obtendremos un triunfo que aplastará a todos los 'psíquicos' de Londres. Sí; es necesario que sea así, ¿no es eso? ¡Pues seguramente no me engañaréis!. . . Mañana salgo para Petersburgo. Vuestro

      V. S. SOLOVIOFF»
 
       Todo el invierno lo pasó Mad. Blavatsky en Würzburg ocupada en escribir su Doctrina Secreta. Escribió a Mr. Sinnett diciéndole que desde que terminó Isis Unveiled no había tenido visiones psicométricas tan claras y patentes como las que entonces tenía ante su percepción espiritual, y que esperaba que esta obra haría revivir su causa. Al mismo tiempo, la Condesa de Wachtmeister, que pasó este invierno con ella (y que desde entonces ha deseado permanecer siempre a su lado), escribía cartas llenas de admiración por los escritos de Mad. Blavatsky, y sobre todo, por «las condiciones sorprendentes bajo las cuales trabajaba en su gran libro».
       "Estamos diariamente rodeados de fenómenos -me escribió una vez- pero nos hallamos tan acostumbrados a ellos, que nos parecen como si fueran el curso natural ordinario de las cosas.»
Otra vez tuvo H. P. Blavatsky una gravísima enfermedad, de la que se repuso muy difícilmente, gracias a la abnegación de sus amigos, que nunca la dejaron un momento. Debió principalmente su restablecimiento al Dr. Ashton Ellis, de Londres, a la Condesa de Wachtmeister, y a la familia de Gebhard; pero desde entonces en adelante su vida fue un continuo sufrimiento más ó menos agudo.
En el mes de Abril de 1887, sus ámigos consiguieron llevársela a Inglaterra. El invierno anterior lo había pasado en Ostende, en donde concluyó la primera mitad de La Doctrina Secreta, rodeada constantemente de amigos, especialmente de los que venían a verla de Londres; entre éstos se hallaba el Presidente de la Sociedad Teosófica Británica, Mr. Sinnett, que acababa de publicar su libro Incidentes de la vida de Mad. H. P. Blavatsky.
       Los últimos cuatro años de su vida que Mad. Blavatsky pasó en Londres, fueron de sufrimientos físicos, de labor incesante y de sobreexcitación mental, que minaron completamente su salud; pero estos años fueron también años de éxito y de fruición moral que la compensaron por completo de sus sufrimientos, y le dieron fundamento para esperar que su libro, la Sociedad Teosófica y sus escritos, quedarían como otros tantos testimonios a su favor después de su muerte, que revindicarían su nombre de las calumnias con que lo habían cubierto.
       He aquí un extracto de una de sus cartas escritas en el otoño de 1887, excusándose de su largo silencio.
      "¡Si supiérais, amigos míos, cuán ocupada me hallo! Imagináos el número de mis obligaciones diarias: está a mi solo cargo el editar mi nueva revista Lucifer, y además de esto tengo que escribir para la misma todos los meses de diez a quince páginas. Luego tengo artículos para otras revistas teosóficas - el Lotus en París, el Theosophist en Madrás, el Path en Nueva York - mi Doctrina Secreta, cuyo segundo volumen tengo que continuar y corregir las pruebas del primero dos ó tres veces. ¡Y luego las visitas!... Muchas veces hasta treinta al día... ¡Imposible dar abasto a todo!... El día debería tener ciento veinticuatro horas. No tengáis temor alguno; ninguna noticia es buena noticia. Ya os escribirán si me pongo más enferma de lo que generalmente estoy... ¿Habéis observado el anuncio de sensación puesto en la cubierta del Lotus por su editor? Bajo la inspiración de Mad. Blavatsky . ¡Cielos, qué inspiración! Cuando no tengo tiempo para escribir una palabra para él. ¿Lo recibís? He tomado tres ejemplares, dos para vosotros y uno para Katkoff. Rindo culto a este hombre por su patriotismo y las claras verdades de sus artículos, que hacen honor a Rusia.» ­
       La actividad de la Sociedad Teosófica en Londres, sus reuniones, sus periódicos mensuales y semanales, y sobre todo los escritos de su fundadora, atrajeron la atención de la prensa y las represalias del clero. Pero sus representantes nunca se entregaron a excesos tan injustos y calumniosos como hicieron los jesuitas de Madrás. Seguramente hubo muchas reuniones muy animadas, en las cuales H. P. Blavatsky, usando su propia expresión, fue tratada como Lucifer- no en su sentido verdadero como portador de la luz celeste - sino en el sentido popular, el que se le atribuye en el Paraíso Perdido de Milton. Fue presentada al público como "un anticristo con faldas". Sin embargo, su hermosa carta titulada "Lucifer al Arzobispo de Canterbury » hizo entonces gran sensación y puso fin a las hostilidades clericales.
       En Londres ya no se ocupaban cn los fenómenos; Helena Petrovna les tomó aversión. Sin embargo, como observa Mr. Stead con verdad en su artículo sobre Mad. H. P. Blavatsky en The Review of Reviews, de Junio de 1891, nunca hizo tantos conversos, o conversos más adictos a su causa como durante los lutimos cuatro años de su vida. Sus visiones y clarividencia, sin embargo, nunca la abandonaron. En Julio de 1886 nos habló de la muerte de su amigo el profesor Alexander Boutleroff, antes de que la mencionaran los periódicos rusos. En efecto, la vió en Ostende el mismo día de su muerte. Lo mismo sucedió en el caso de nuestro celebrado político M. N. Katlioff, un patriota a quien ella estimaba cordialmente.
       Me escribió (y su carta. afortunadamente existe todavía) y precisamente está fechada), un mes antes de su fin, que enfermaría y moriría. En Julio de 1888, estando yo en Londres, me sacó de una grave incertidumbre causada por un telegrama interpretado erróneamente, y me dijo, después de un momento de meditación, lo que había pasado en Moscú en aquel día mismo. Cuando en la primavera de 1890 se trasladó el Centro General de la Sociedad en Londres, a una nueva casa más adecuada para alojar
su aumentado estado mayor, H. P. Blavatsky dijo: «no me volveré a mudar; de esta casa me conducirán al  Crematorio». Cuando le preguntaron por qué predijo esto, dio como pretexto que esta casa no tenía su número afortunado; no tenía el número 7.
       La salud de Helena Petrovna siguió empeorando con el aumento constante de sus ocupaciones. Formó a su alrededor un grupo de teósofos ardientes, ansiosos de estudiar las ciencias ocultas. Acerca de esto me escribió en 1889:
      «¿Me preguntáis cuáles son mis nuevas ocupaciones? Ninguna, excepto el escribir cincuenta ó más páginas todos los meses sobre mis Instrucciones Esotéricas, que no pueden imprimirse. ¡Cinco ó seis mártires voluntarios y desgraciados entre mis generosos esotericistas, hacen 300 copias para mandarlas a los miembros ausentes de mi Sección Esotérica; pero yo tengo, además, que revisarlas y corregirlas! . . . Luego nuestras reuniones de los jueves, con las preguntas científicas de los savants, tales como William Bennet ó Kingsland, que escribe sobre electricidad; con taquígrafos en todos los rincones, y la seguridad de que la menor palabra mía aparecerá en nuestro nuevo periódico Transactions of the Blavatsky Lodge, y que será leída y comentada, no sólo por mis teósofos, sino por centenares de personas predispuestas en contra mía. Mis discípulos de Ocultismo están llenos de alegría. Han enviado una circular al mundo teosófico diciendo: «H. P. B. es vieja y está muy enferma; H. P. B. puede morir cualquier día y entonces, ¿de quién aprenderíamos las cosas que puede enseñarnos? Tenemos que reunirnos y conservar sus enseñanzas»; y así pagan taquígrafos é imprenta, y les cuesta mucho... y su vieja H. P. Blavatsky tiene que encontrar tiempo para enseñarles, aun cuando esto no puede hacerse sino a costa del tiempo que antes dedicaba a escribir artículos para periódicos extranjeros, con la cual ganaba su pan cotidiano.
       ¡Bueno! H. P. B. tiene que modificar un poco sus costumbres; he ahí todo! A la menor palabra mía me indemnizarían gozosos, pero yo no quiero tomar un céntimo por semejantes lecciones. 'Que tu dinero perezca contigo, porque has pensado comprar los dones de Dios con oro.' Esto es lo que digo a los que creen que pueden comprar la ciencia divina de la eternidad con chelines y guineas.»
 
       Dos años después de haberse establecido en Londres, conoció Madame Blavatsky a una mujer de conocimientos, méritos y talento extraordinarios.
       Dejo que ella misma hable:
       «Lucho más que nunca con los materialistas y ateos. Toda la liga de «librepensadores» está en armas en contra mía, porque he convertido en un buen teosofista al mejor de sus campeones -Annie Besant- la célebre escritora y oradora asociada a la obra de Bradlaugh y mano derecha suya. . . Leed su profesión de fe Why I became a Theosophist (Porqué me hice teosofista), una corta relación de lo que dijo en su confesión pública, ante un inmenso auditorio en el Salón de Ciencias. El clero se ha complacido tanto con su conversión, que ahora todo es alabanzas para la Teosofía. . . ¡Qué noble y excelente mujer! ¡Qué corazón de oro! ¡Qué sinceridad y qué palabra! Es un verdadero Demóstenes. Nunca se cansa uno de oirla. . . Esto es precisamente lo que necesitamos; pues si bien poseemos conocimiento, ninguno de nosotros sabe hablar, yo sobre todo, mientras que Annie Besant es una oradora perfecta. ¡Oh! ¡Esta mujer jamás hará traición, ni a nuestra causa, ni a mi pobre persona!»
       Mi hermana tenía muy buenas razones para lo que decía. Con la ayuda de teósofos como Mrs. Besant, la Condesa de Wachtmeister, Bertram Keightley y otros así, hubiera podido descansar en paz, y dedicarse tranquilamente a sus trabajos literarios, si sus días no hubiesen estado ya contados.
El invierno de 1890 fue, como todos sabemos, muy crudo en Londres; y desde la primavera de 1891, la influenza, este nuevo azote de la Humanidad, que tiene la apariencia más suave y no enseña sus garras hasta más tarde, se unió a las inclemencias del tiempo y se llevó más gente que todas las demás enfermedades -nuestras antiguas conocidas- que no engañan con sus aires de inocencia. La comunidad entera del núm. 19 de Avenue Road, fue atacada en los meses de Mayo y Abril. Los miembros jóvenes se repusieron, H. P. Blavatsky sucumbió.
       Mrs. Annie Besant estaba ausente; había ido al Congreso de los teósofos americanos, como representante de la Fundadora de la Sociedad, estando encargada por ésta de hablar en su nombre a «sus paisanos y hermanos en Teosofía». El primer éxito de Helena Petrovna tuvo su causa en Nueva York; la ciudad de Boston tuvo el privilegio de proporcionarle su última alegría en la tierra. El telegrama, lleno de cariñosos sentimientos, de gracias y de votos sinceros para ella, que recibió de América después de la lectura de su carta por Annie Besant, le ocasionó una profunda alegría cuando ya se hallaba en cama y herida de muerte. La que tantas veces había sido engañada, la que tantas veces había probado la falsedad de la sentencia de los médicos, los engañó una vez más, pero en otro sentido. A las once de la mañana del 8 de Mayo, los médicos la declararon fuera de peligro; se levantó y se sentó junto a su mesa de trabajo, queriendo, sin duda alguna, morir en su puesto, y a las dos cerró los ojos y. . . partió.
       «Partió tan tranquilamente» - escribió uno de los testigos de su imprevista muerte- «que nosotros, que nos hallábamos a su lado, no supimos cuando espiró. Una suprema sensación de paz se apoderó de nosotros, arrodillados a su lado, sabiendo que todo había concluido». («Cómo nos dejó», por Miss, L, Cooper, Lucifer Junio 1891)
       Yo había visto a mi hermana por última vez en el verano de 1890. Acababa de establecerse en su nueva casa y se hallaba muy ocupada y sufriendo casi siempre. Estaba entonces dedicada a la formación de un Asilo para trabajadoras en el East End (barrio de Londres) . «El Club de Trabajadoras» fundado a costa de una teosofista rica, que deseaba ocultar su nombre, prosperó entonces bajo la protección de su patrona, perteneciente a la Sociedad Teosófica. Pasábamos las noches hablando de nuestros tiempos pasados, de su amado país; la injusticia de la prensa inglesa y sus calumnias contra Rusia, eran para ella como daño propio.
Lástima grande que sus compatriotas no conozcan todos sus artículos sobre el asunto. Muchos de aquellos, sobre todo los que tenían formada una idea sobre ella por la que decían ciertos periódicos rusos, hubieran cambiado de opinión si hubiesen leído, por ejemplo, un artículo suyo publicado en el Lucifer de Junio 1890, titulado «El foso y la viga», escrito en contestación a las falsas acusaciones contra el gobierno de Rusia, lanzadas en meetings convocados a causa de la indignación producida por las "atrocidades rusas en Siberia", las cuales eran en su gran mayoría inventadas por la imaginación demasiado vívida de George Kennan.
Y cosa curiosa; los últimos trabajos de su pluma, que aparecieron en la misma página del Lucifer, en que se insertaba una nota precipitada sobre su muerte, se referían al Emperador de Rusia. Daba a la corte de la Reina de Inglaterra el consejo de que debiera seguir el buen ejemplo presentado por nuestra familia imperial, en la práctica de ciertas virtudes, desconocidas para los que carecían de "Verdadera Nobleza", siendo éste el título de su artículo .
       Un hermoso día de Mayo, los restos de la Fundadora de la. Sociedad Teosófica fueron puestos en un ataúd, completamente cubierto de flores y llevados al Crematorio de Woking. No hubo ceremonia alguna preparada, ni se llevó luto, por haberlo ella prohibido expresamente.
En la India, y sobre todo en Ceilán, fue conmemorada su muerte con gran pompa; pero en Europa la ceremonia fue de la más sencillo; sólo se pronunciaron unas cuantas palabras sobre «la que había creado el movimiento teosófico; sobre la que había sido el apóstol de la caridad universal, el apóstol de una vida de pureza y de trabajo en pro de los demás y del progreso del espíritu humano, y sobre todo, del alma eterna y divina».
       Luego fue el cuerpo entregado a las llamas y tres horas después, las cenizas de la que había sido Helena Petrovna Blavatsky, fueron conducidas a su último puesto. Es posible que algunos de sus discípulos fueran demasiado fervientes; pero hubo otros que no hablaron sino sólo la verdad respecto de ella. Como ejemplo, citaré las palabras síguientes, que seguramente serán aprobadas portada persona imparcial:
"Los amigos de Mad. Blavatsky sólo piden que se la juzgue conforme a las reglas del simple sentido común; que el testimonio de los que la conocían mucho se considere de más peso que el testimonio de los que no la conocían; que todo principio bien establecido para la interpretación del carácter humano, no se desnaturalice respecto de ella; que a la afirmación infundada de un periódico no se le conceda la autoridad de un tribunal, ni la infalibilidad de una Escritura. Ni siquiera piden que las personas imparciales lean sus libros; pero indican, no de oídas, sino por experiencia, que si cualquier hombre desea elevar sus aspiraciones, fortalecer los motivos de sus actos, dar impulso a sus trabajos, debe dirigirse a los escritos que expresan el pensamiento y reflejan el alma de Helena P. Blavatsky». ("Pruebas de carácter", por A. Fullerton, Path Junio 1891).
«Amén», decimos nosotros, sus parientes más próximos, a este tributo de un discípulo.
       En cuanto a mí, aun cuando no participo exactamente de sus ideas, sin embargo, me permito decir que las enseñanzas de la Teosofía no deben ser ignoradas por nuestros contemporáneos, aun cuando la Sociedad se disolviese y no quedase ni rastro suyo como cuerpo organizado.
       Estas doctrinas ocuparán su lugar en la historia del siglo XIX, aun cuando no influyan materialmente en la próxima generación, como esperan sus fieles partidarios. El nombre de una mujer que fue capaz de despertar un movimiento basado en ideas universales, no puede ser relegado por completo al olvido.
 
       Traducido del Lucifer, quien a su vez lo ha traducido, con la debida autorización, de la Nouvelle Revue, en donde originalmente se publican estos apuntes biográficos.
 
 
 
       NOTAS
 
1) La redacción de los tres objetivos fue posteriormente cambiada y ahora son postulados de la siguiente forma: 1) Formar un núcleo de la Fraternidad Universal de la Humanidad, sin distinción de raza, credo, sexo, casta o color. 2) Fomentar el estudio comparativo de las Religiones, Filosofías y Ciencias. 3) Investigar las leyes inexplicadas de la naturaleza y los poderes latentes en el hombre.

 

 

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