Capítulo 12.3 – La etapa de prueba

Objeto de la etapa de prueba

Cuando, por la práctica del Yoga, un aspirante ha purificado todos sus vehículos, y por labor desinteresada en pro de la humanidad, por la devoción, la piedad, la pureza y auto-sacrificio, así como por el control de su pensamiento, por la meditación y la nobleza de su carácter, ha luchado hasta ponerse en la cresta de la avanzante ola humana, demostrando la ausencia del «yo» en su naturaleza dedicada toda al servicio de la humanidad, entonces encuentra a su Maestro, o mejor, su Maestro su encuentra a él.

Pero antes de que pueda aceptarlo definitivamente como discípulo, toma El precauciones especiales para asegurarse de que tal persona está lo suficientemente adecuada para ser puesta en contacto íntimo con El; y éste es el objeto de la etapa llamada Probatoria. El Maestro sujeta al aspirante a la prueba del tiempo, pues muchos, arrebatados por el entusiasmo, aparecen de pronto como muy prometedores y ávidos de servir, pero desgraciadamente se cansan a poco y retroceden. Cuando a través de todas las luchas ha progresado el discípulo bajo la observación de aquella benévola mirada, a cierto punto de su progreso es invitado a comparecer, mediante un discípulo antiguo, ante la presencia física del Maestro, lo cual efectúa el discípulo, usualmente, en su cuerpo astral; y el Maestro se le revela y lo pone definidamente a prueba. Generalmente no hay ceremonias en conexión con esto; el Maestro dice unas cuantas palabras de consejo al nuevo discípulo, acerca de la que de él se espera, ya menudo, de manera afectuosa, encuentra El alguna razón para felicitarlo por la labor que ya efectuó.
Se pone a prueba a un discípulo en respuesta a una solicitud hecha por él a los Guardianes de la Humanidad para que le den oportunidades de un progreso más rápido que el normal para la humanidad ordinaria. Su karma individual tiene que ser reajustado al mismo tiempo, librándolo de aquellos tipos de karma que pudieren limitar su futura utilidad y dándole mayores oportunidades para un conocimiento más amplio y un servicio más efectivo.

Cuando un Maestro toma a un aspirante como discípulo a prueba, es con la esperanza de presentarlo para Iniciación en esa vida. Pero, de que el Maestro haya sencillamente respondido a su aspiración, no se sigue que el discípulo tendrá éxito; se le ha dado la oportunidad por haberla ganado él como derecho kármico; pero lo que él haga de tal oportunidad, depende exclusivamente de él mismo. Empero, lo más probable es que triunfe si toma el asunto a lo serio y trabaja intensamente en servicio del mundo.

Obstáculos en la etapa de prueba.

La irascibilidad es un defecto común, pues los torturantes ruidos de nuestra actual civilización y la presión de tantos cuerpos astrales vibrando a tipos diferentes, hacen muy difícil evitar aquella, especialmente al discípulo cuyos cuerpos son mucho más altamente afinados y sensitivos que los del hombre ordinario. Por supuesto, esta irritación es algo superficial; sin embargo, puede producir un ligero sentimiento pasajero cuyos efectos duren por cuarenta y ocho horas.

Cuando se reconoce una falta como ésta, puede eliminarse eficazmente no enfocando en ella la atención, sino tratando de desarrollar la virtud opuesta según ya se explicó antes. Una manera de solucionar el punto es la de poner nuestro pensamiento firme y resueltamente contra tal defecto, pero sin duda que esta acción provoca a menudo la oposición del elemental mental o astral; por eso es mejor método el tratar de desarrollar consideración por otros, basada fundamentalmente, por supuesto, en nuestro amor hacia ellos. Una persona que esté llena de amor y consideración no se permitirá hablar ni pensar violentamente de nadie. Si el discípulo pudiere llenarse de esta idea, se alcanzaría aquel mismo resultado sin suscitar oposición de parte de los elementales.

Hay muchas otras formas de egoísmo que podrán demorar muy seriamente el progreso del discípulo. La pereza es una de ellas. Una persona, por ejemplo, que está disfrutando mucho con la lectura de un libro, no querrá dejarlo a fin de llegar puntualmente a una cita; otra escribirá con pésima letra sin importarle los inconvenientes y aún el peligro para los ojos y para el temperamento de quienes deban leer su caligrafía. Cosas como éstas tienden a hacernos menos sensitivos a las influencias elevadas; a hacer la vida discordante y fea para otras personas ya destruir el control de sí y la eficiencia. La puntualidad y la eficiencia son esenciales si hemos de producir un trabajo satisfactorio.

Muchas personas son ineficientes; cuando se les encarga un poco de trabajo no lo terminan completamente y se excusan de mil maneras; o cuando se les pide alguna información no saben dónde encontrarla. La gente difiere mucho en estos respectos, pues una persona, cuando se le pregunte algo contestará: «No sé»; en tanto que otra dirá: «Bien, no lo sé, pero voy a indagar», y regresa con la información deseada.

Así pues, en toda buena obra, el discípulo deberá pensar siempre en el beneficio que resultará para otros, y en la oportunidad de servir al Maestro en estos asuntos (los cuáles, aunque sean materialmente pequeños son de gran valer espiritual) y no pensar en el buen karma que le resulte; lo cual sería tan sólo otra y más sutil forma de centralización en sí mismo.

Algunos otros efectos sutiles, de igual clase, podrán verse en la depresión y en los celos, así como en la agresiva declaración de nuestros propios «derechos». Un Adepto dijo: «Pensad menos en vuestros derechos y más en vuestros deberes». – Puede haber algunas ocasiones, al tratar asuntos del mundo externo, en que el discípulo considere necesario requerir con gentil energía lo que necesite, pero entre sus condiscípulos no existe eso de «derechos», sino solamente oportunidades.

Si un hombre se siente contrariado comienza a disparar de sí sentimientos agresivos; podrá no llegar hasta el verdadero odio, pero está originando una incandescencia nebulosa y turbia en su cuerpo astral que también puede afectar al mental.
Iguales perturbaciones se establecen frecuentemente en el cuerpo mental y son igualmente desastrosas en sus resultados. Si un hombre se deja afectar demasiado por algún problema y le da vueltas una y otra vez en su mente sin llegar a ninguna conclusión, ha establecido con ello algo así como una tempestad en su cuerpo mental.

Hay algunas personas tan argumentadoras que discutirán acerca de todo y claramente se complacen tanto en este ejercicio que a veces ni se preocupan por el lado del problema
que están defendiendo. Una persona de esta clase tiene su cuerpo mental en estado de inflamación perpetua, y tal inflamación propende, bajo la más ligera provocación, a exhibirse, en cualquier momento, como abierta llaga. Para tales seres no hay esperanza de ninguna clase de progreso oculto hasta que restablezcan el equilibrio y el sentido común en la parte afectada.

Quienes se están aproximando a los Maestros deberán encontrarse enteramente libres de todo lo que sea borrascoso y áspero. También existe a veces la tendencia a una risa falsa, vacía de motivo, que produce muy mal efecto en el cuerpo astral, pues teje a su derredor un tejido de hilos de un gris oscuro muy desagradable a la visión y el cual forma una capa que impide la entrada de buenas influencias. No hay que permitir que nuestra alegría se tiña, por una parte, de tosca aspereza o rudeza, ni que degenere, por la otra, en locas risotadas.

Especialmente es necesario para el aspirante evitar todo afán turbulento y todo alboroto pues si cede a estos defectos establece a su derredor una aura de trémulas vibraciones por las cuales no podrá pasar ningún pensamiento o sentimiento sin torcerse.
Un clarividente que pudiera percibir los efectos de las varias emociones indeseables sobre los cuerpos superiores, no tendría dificultad para comprender cuán importante es que aquellas sean controladas.

Pero como la mayor parte de personas no pueden ver el resultado tienden a olvidarlo y se permiten este descuido. Si el discípulo que ha sido puesto a prueba pudiere ver, cuando está despierto en su cuerpo físico, las imágenes vivientes que hace el Maestro, comprendería mucho más plenamente la importancia de lo que al parecer son detalles
menores. Si él pudiese cultivar el hábito de tomar el recto punto de mira, de actuar por las rectas razones y de hallarse siempre bajo la recta actitud; y si pudiese trabajar infatigable y desinteresadamente bajo la guía de un discípulo del Maestro, que fuere de mayor antigüedad, aceleraría considerablemente su progreso y se acercaría más y más firmemente hacia el ideal de los Maestros.

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